jueves, 26 de febrero de 2015

Un chico del barrio

Su aspecto era el de un mozo de almacén fuerte y aplicado. De hecho, allí fue donde pasó sus últimos días, y eso lo supimos gracias a que un programa de televisión nos lo mostró de cara abierta. La mirada resplandeciente del pasado, los carrillos henchidos y el cuello fuerte, casi inexistente, sobre unos hombros que habían aterrizado un millón de veces sobre la línea de cal. El chico de barrio había regresado a la normalidad después de que la fama, esa injusta calibradora de aspectos, le hubiese situado durante algunos años en los álbumes de cromos de los niños del país.

La infancia de los nostálgicos suele ser bella en los detalles y triste en las realidades. Los más necesitados son aquellos que, normalmente, sueñan más fuerte y terminan conduciendo su pasión hacia el camino del éxito. Wilfred Agbonavbare quiso ser portero, cruzó el mar, vivió el frío y entrenó durante meses sin entender el idioma de los que le exigían el éxito. Pero sus vuelos hablaban por sí solos, su arrojo delataba hambre, su sonrisa de niño terminó por conquistar el corazón de los chicos que acudían cada domingo al estadio de Vallecas.

Mis recuerdos de juventud están salpicados por momentos puntuales. Un gol de Futre en una final de copa, un pisotón de Stoichkov a Urízar, una chilena de Hugo y una parada de Wilfred en el Bernabéu. Momentos que forjan recuerdos imborrables. Un profesor de historia, hincha confeso del Madrid, hubo de aguantarnos durante todo un lunes mientras le citábamos al bueno de Wilfred por los pasillos. Lo bello de los detalles es que perduran por encima de las promesas. Aquel penalti parado por Wilfred a Michel me retrotrae a mis años de instituto, a mis primeras salidas, mis primeros escarceos, mis primeras lágrimas de desamor. La muerte del portero del barrio de Vallecas me entristece porque siento que deja atrás una vida, una etapa que cerró la puerta hace ya unos años pero que aún creía que podía volver a abrir. Y creo que, como Wilfred, muchos de nuestros sueños también se han ido para siempre.

martes, 24 de febrero de 2015

La teoría del caos

La teoría del caos dice que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, imposibilitando la predicción a largo plazo. Dicho de modo coloquial, todo suceso imprevisto puede desbaratar cualquier plan preconcebido.

El factor sorpresa, el verso suelto, el rebelde sin causa suele ser el tipo que desbarata planes por la virtud de la desaparición. El futbolista indetectable tiene ganados dos pulsos contra el rival; el primero es el de convencerles en el subconsciente de que no resulta un problema para ellos, el segundo es hacerles ver que sí es un problema una vez a aparecido allí donde no se le espera.

Saúl Ñíguez es un futbolista disperso, indefinido, desautomatizado. Le quedan por aprender muchos conceptos del juego; la presión organizada, el pase en corto, la ocupación de espacios, la estructuración mental. A su favor cuenta el hecho de no creerse un robot obediente, de saberse un héroe de batalla, de considerarse un tipo capaz de romper los esquemas.

Su fútbol es más parecido a la teoría del caos que al orden preestablecido. Desde un lugar indefinido del centro del campo aparece para tocar y desaparece misteriosamente; en su siguiente aparición, cual fénix resplandeciente, asoma en el balcón del área para conectar un cabezazo imponente, un chut imparable o un remate imprudente. Celebra júbilo, disputa con pasión, juega como un niño de barrio. En la ley del más fuerte, donde la jungla de piernas se convierte en un bosque de minas, Saúl, ejemplo del británico "box to box", se desenvuelve como un león hambriento. Porque lo suyo es devorar espacios, masticar rechaces. Generar el caos.

jueves, 12 de febrero de 2015

El circo

Desde que la información objetiva derivó en opinión subjetiva, desde que la bufanda se impuso al criterio, desde que los índices de audiencia se convirtieron en el mantra sobre el que derivar la programación, desde que la oferta, en su pobre búsqueda de la mediatización, se acopló a una demanda mal relativizada, desde que la acción se centró en lo banal por encima de lo transcendental, el periodismo deportivo pasó de convertirse en un foro de retroalimentación, para convertirse en un circo de transgresión.

Uno puede mirar a los ojos de un buen periodista y encontrar el orgullo herido por la vergüenza ajena en la mirada. Yo, que conozco a un periodista cabal, de los que gustan de informar con objetividad y opinar con la cabeza aunque su corazón rezume las lágrimas de una derrota, no puedo sino sentirme afín a su causa y sentarme al colchón de su consuelo. El desafecto, ese puñal de crédula incredulidad que arrojan los ventajistas y forofos, está convirtiendo al periodismo deportivo en la cloaca de los medios de comunicación. Cuando decidieron bajarse al barro sin preguntar perdieron cualquier atisbo de inocencia. Los culpables, señalados con el dedo de los cuerdos, ríen, gozan y perpetran desde el trono del poder. Mientras que los inocentes, mientras reman contracorriente en pos de un periodismo de calidad, han de morderse las uñas y tragar polvo con el fin de publicar calidad. "Importan las visitas, los pinchazos, las audiencias", dicen algunos. Y otros, que ven en lo banal lo secundario, siguen bajando la mirada y apretando los dientes. El circo tiene muchos payasos, muchas fieras y mujeres barbudas con panza y bufanda. Pero el circo necesita trapecistas que arriesguen, domadores que aplomen y, sobre todo, artistas que conviertan la verdad en el único camino hacia lo correcto.

jueves, 5 de febrero de 2015

Derby della Madonnina

Herbert Kilpin fue un pionero que amaba el fútbol y que, por motivos laborales, hubo de abandonar Gran Bretaña para establecerse en Turín. Corría el año 1891 y aquel loco deporte que los británicos se habían empeñado en exportar al extranjero, comenzaba a causar filias, afectos y pasiones. Kilpin se enroló en las filas del Internacional de Turín y, poco a poco, fue ganando adeptos a su causa. Fue un buen equipo, pionero en muchos aspectos y germen de los grandes equipos que, en el futuro, reinarían en la capital del Piamonte.

Cuando, en 1898 fue obligado a trasladarse a Milán, quedó tan impresionado por la voluminosidad de la ciudad como con el hecho de que allí no existiese ningún equipo de fútbol de aparente envergadura. Empeñado en seguir escribiendo la historia de las grandes ciudades del norte de Italia, convenció a un grupo de paisanos para fundar el Milan Cricket a Football Club. Se trataba de un club deportivo que, en principio, tuvo equipos tanto de fútbol, como de cricket. De esta forma se lograba contentar al grupo de accionistas que receleban de aquel nuevo deporte que se jugaba con los pies y a los que, como buenos aristrócatas, consideraban el cricket como el verdadero juego de la clase alta.

Fueron años difíciles, en los que el equipo de Milan hubo de hacerse un nombre, primero en la Lombardía y, más tarde, en el resto de Italia. La historia fue relativamente feliz hasta que, en 1907, los jugadores italianos, que ya eran mayoría en el club, se negaron a que futbolistas no nacidos en Italia vistiesen la camiseta del equipo de fútbol. Fue entonces cuando los británicos que habían pertenecido al Milan Cricket and Football Club, decidieron abandonar el proyecto y fundar el Internazionale de Milano, haciendo referencia al carácter internacional que adquiría el club al aprobar, en sus estamentos fundacionales, que allí sí podían jugar futbolistas extranjeros.

El Internazionale se convirtió, en aquel momento, en el equipo fetiche de la clase burguesa de la ciudad, compuesta, en su mayoría, por industriales británicos que habían viajado por Europa para expandir las modernidades de la revolución industrial que había transformado por completo al imperio británico. De aquella excisión nació un equipo poderoso que se fue cuajando, poco a poco, como un equipo férreo y, generalmente, ganador. No tuvo una afición especialmente ruidosa hasta que, en los años sesenta, arribó al club un tipo bajito y ceñudo de origen argentino. Aquel hombre, que cambió para siempre la historia del club, se llamba Helenio Herrera e hizo condición indispensable que, antes y durante un partido de fútbol, la grada se volcase con pasión en pos de conducir a su equipo hacia la victoria. Los "chicos" a los que tanto aludía Herrera, se convirtieron en los "boys" interistas que, a día, de hoy, siguen haciendo ruido en una de las curvas del estadio de San Siro.

El estadio, bautizado de manera oficial, como Giuseppe Meazza, en honor al hombre que más gloria dio al fútbol italiano, ha vivido, desde su inauguración, en 1926, los mejores éxitos de los equipos de la ciudad, compartido por ambos desde 1947. Los cimientos del viejo San Siro, aún tiemblan con el cántico milanista del invencible equipo de Capello, pues fue el mismo quien estableció el record de partidos sin perder en la Serie A italiana, establecido en 1993 con 58 partidos consecutivos sin conocer la derrota. Lo que supone una liga y media. Dato que da una expresión loable del poder que alcanzó el equipo dirigido por el general de San Canzian d'Isonzo.

Aquel equipo heredó la perfección táctica de uno de los equipo más revolucionarios del siglo XX. El Milan de Sacchi, que ganó menos, pero lo hizo más bonito, cimentó las bases de la roca de Capello. La segunda gran revolución milanista llegó años después, en mitad de una zozobra, y cuando el excentrocampista Ancelotti confió en un joven enclenque para darle la dirección del equipo. Andrea Pirlo, fichado como promesa arrebatadora del Brescia, naufragó estrepitosamente en el Inter de Milán. Sin embargo, en el rival ciudadano, se convirtió en uno de los jugadores más importantes de la historia del fútbol italiano. Y lo hizo formando dupla con Clarence Seedorf, otro hombre que llegó rebotado del Inter tras intentar encontrar un lugar en el mundo. Nada debió doler más a los interistas que ver como su vecino levantaba copas de Europa comandado por dos centrocampistas que no habían sabido jugar a nada en sus filas. Debía ser el sino de un equipo castigado por los proyectos frustrados y las malas planificaciones. Durante décadas, el Inter se convirtió en el equipo maldito del fútbol italiano. Y mientras ellos perdían sin remedio, su gran rival ganaba y ganaba hasta dar la vuelta a la tortilla y remontar la estadística individual. A día de hoy se han jugado doscientos noventa y cuatro derbis con ciento diez victorias del Milan por ciento seis del Inter. Igualdad casi absoluta para un enfrentamiento a cara de perro que se inició el día que los italianos renunciaron a cualquier jugador foráneo en el equipo de la ciudad. Justo el día en el que ambos equipos comenzaron a odiarse de manera enconada.

Los primeros conatos de enemistad surgieron con la inicial superioridad del Inter. El futbolista italiano de principios de siglo tenía brío e ilusión, pero aún no entendía el juego como los visionarios británicos. Las estrellas del Inter se paseaban por el césped y ganaban títulos como quien predica palabras divinas. El cero a cinco de 1910 escoció tanto a los seguidores del Milan que hubieron de decidir qué camino seguir para conseguir competir contra el vecino fuerte. Con el paso de los años las tornas se igualaron y se vivió una época de esplendor en la que ambos lograron conquistar el continente. Fueron los años gloriosos de Nereo Rocco como entrenador del Milan y Helenio Herrera como entrenador del Inter. Cada uno, a su manera, se apropió del catenaccio como manera de vivir la vida. Equipos especuladores que no regalaban un metro y ganaban partidos en lo táctico y en lo físico. Desde entones, Milán se convirtió en la única ciudad europea capaz de albergar un derbi con dos campeones de Europa.

Semejante caché ha provocado que en ambas escuadras hayan jugado muchos de los que, hasta hoy, han sido los mejores futbolistas del mundo. Si hablamos de la propia Italia, ambos han contado con los dos máximos fantasistas de la historia del país. El gran Giusseppe Meazza cruzó la acera después de anotar cientos de goles con la camiseta del Inter, y más recientemente, aunque con menor fortuna, el inolvidable Roberto Baggio siguió el camino inverso antes de marcharse a Brescia para impartir magisterio sin la presión agobiante de quien devora estrellas a ritmo celestial.

Otro genio incomprendido que vistió ambas camisetas fue el díscolo Mario Balotelli. De corazón milanista fichó por la cantera del Inter para subir como la espuma hasta el primer equipo. Aquella fotografía clandestina con la camiseta del Milan cuando aún era juador neroazurro, marcó su destino como futbolista. De entonces ahora todo han sido idas, venidas y anécdotas extradeportivas. Un juguete roto que desvaría sobre el césped a pesar de tener todas las cualidades para haber escrito una historia.

La historia que no hizo Balotelli en el Inter la escribió, con letras mayúsculas, el gran Sandro Mazzola. Recordado a día de hoy como el, posiblemente, mejor futbolista de la historia del club, creció con la añoranza de un padre que se marchó para siempre en plena plenitud. Aquella expedición del Torino que se estrelló sobre la capilla de Superga, se llevó decenas de vidas y el recuerdo de un equipo imborrable capiteneado por el gran Valentino Mazzola. Su hijo, criado al amparo de un recuerdo inmortal, se hizo futbolista de los buenos. Escribió, con goles y pasión, las páginas más brillantes de la historia del Inter de Milán. Eran los años sesenta y los dos equipos de la ciudad se repartían copas de Europa como quien reparte papeles en la puerta del metro. Una rivalidad sin límites que se estableció en el tiempo y que se cargó de glamour cuando, expirando la década de los ochenta, ambos equipos contaban con los mejores futbolistas de Europa. Los alemanes Brehme, Matthaus y Klinsmann daban brillo al Inter, mientras que los holandeses Rijkaard, Gullit y Van Basten daban esplendor al Milan.

En el plano de las estadísticas goleadoras, en los enfrentamientos entre ellos en partido oficial, el Milan ha anotado cuatrocientos treinta y nueve goles, mientras que el Inter ha perforado la portería de su rival en cuatrocientas seis ocasiones. De entre todos ellos, los catorce anotador por Schevchenko, están establecidos como el mayor registro goleador individual en el derbi de la ciudad de Milán. En cuanto a títulos, el Milan también está por delante de su vecino, al haber levantado cuarenta y siete copas por las treinta y nueve del Inter.

Tras la excisión, en 1908, se creó la Associazione Calcio Milan, escrita en castellano sin acento y pronunciada como palabra llana en referencia a la manera de citar la ciudad que tenían los ingleses. Desde entonces, ambos equipos se han enfrentado en doscientos once partidos oficiales con setenta y seis victorias del Inter, setenta y tres victorias del Milan y sesenta y dos empates.

Tan mediática es la rivalidad que ha solido trascender hacia otros acontecimientos futbolísticos aunque no sea ninguno de los dos equipos los que ponen algo en juego. En este aspecto, ha sido en los mundiales donde más se ha puesto el ojo en el equipo vecino y en función de los resultados se iba aclamando o defenestrando a unos u otros jugadores. Sirvan de ejemplo los mundiales de 1970 y 1990 como paradigmas de una rivalidad que ha resaltado titulares más allá de los enfrentamientos directos.

En 1970, con una selección italiana fogosa y plagada de calidad, el debate se estableció en la calle una vez que Sandro Mazzola obtuvo la titularidad por delante de Gianni Rivera. Sobra decir qué significaba Rivera para los seguidores del Milan, aunque quizá la palabra Dios resumiese gran parte de ese sentimiento. Ha medida que transcurría el torneo y el rendimiento de Mazzola y Rivera se establecía en altibajos que alternaban los altos de uno con los bajos del otro, toda Italia se echaba a la calle para dirimir un fiero debate en el que se debía establecer quién de los dos debería jugar como punta de lanza en el mediocampo de la selección. Sin llegar a poner sobre la mesa que quizá la mejor solución era que jugasen ambos juntos, se creó un cisma alrededor de su incompatibilidad y la irresolución llegó al propio equipo quien, pese a llegar a la final y eliminar a Alemania en una de las semifinales más agónicas de la historia del fútbol, nunca encontró un claro patrón sobre el que autodefinirse. Con Mazzola, más control. Con Rivera más vértigo ¿Y aquella Italia qué era? Los partidos a cara o cruz establecieron la definición como un equipo al que gustaba jugar al límite de la muerte. Imposible decidir así quien de los dos genios era el merecedor de un puesto en el once titular.

En 1990 el debate se extrapolizó hacia dos selecciones foráneas. Mientras Italia iba pasando rondas gracias a la racha inverosímil de Toto Schillachi, las selecciones de Holanda y Alemania se cruzaron en octavos de final. Aquellos años, los que habían significado el apogeo del segundo gran Milan de la historia, habían mediatizado a los holandeses rossoneros como los tres mejores futbolistas del planeta, Maradona aparte. Aquel decreto no escrito debió escocer demasiado a los grandes alemanes del Inter, relegados, hasta aquel día, a un papel secundario. El partido fue feo, áspero y violento. Ganó Alemania y durante unos días, lo que duró aquel sueño que les condujo hacia el campeonato, Mathaus, Brehme y Klinsmann pudieron olvidar que en el lugar donde se gana el pan a diario habían sido unos segundones y que, en el mejor momento de sus carreras, se habían coronado como los reyes del mundo. Así debieron sentirse los seguidores del Inter mientras observaban como su ídolo levantaba la copa de campeón del mundo mientras las estrellas del equipo rival hacía un par de semanas que tomaban el sol en la playa sin ningún objetivo a la vista.

Fue un mundial, el celebrado en el noventa, disputado en tierras italianas, en plena época de esplendor del Milan de Sacchi. El pionero entrenador de Fusignano había pretendido revolucionar el fútbol exagerando las premisas de antecesores como Menotti o Michels y, para ello, contaba con un excelente ramillete de futbolistas prestos a convertirse en soldados en defensa y artistas en ataque. No era descabellado, por ello, considerar a aquella selección anfitriona como una de las grandes favoritas al título. Pese a lo lujoso del plantel, el equipo no funcionó como una máquina sino que anduvo a aldabonazos sujetándose en arrancadas de Roberto Baggio y goles de Schillachi, dos jugadores de la Juventus de Turín, a su vez, gran rival de los dos contendientes milanistas. El debate se abrió sobre el rendimiento de tipos de alta fiabilidad como Baresi, Ancelotti, Donadoni o el aún imberbe Maldini. A pesar del perfil alto de los soldaditos de Sacchi, tipos de perfil más bajo como Zenga, Bergomi, Ferri o Serena, funcionaron mucho mejor en el campeonato que los excelsos futbolistas del Milan. Aquello hizo rebullir, una vez más, el eterno debate sobre si era más conveniente competir con guerreros o hacerlo con pianistas, como si estos no supieran hacer aquello o viceversa. Los vicios enquistados en la palabra callejera de quienes viven el fútbol como una manera de ser.

Si de maneras de ser hablamos, podemos decir que, durante lás últimas décadas, los equipos se han parecido mucho a quienes han ostentado el poder de dirigirlos. El Milan, lujoso y excéntrico como Berlusconi, el Inter, académico y aburrido como Moratti. Dos maneras de ver la vida; un puente quebrado entre ambas instituciones y siempre el fútbol por encima de las aguas turbulentas. Cuando más negro pintaba el panorama para el Inter, la fortuna, en forma de justicia, llamó a su puerta. El título del año 2007 significaba un portazo con el pasado y un guiño hacia el futuro. Fue al año de las diecisietes victorias consecutivas, el año que barrió a su vecino en dos derbis, el año que pudo ver al que otrora fue su gran ídolo, Ronaldo, arrastrando sus últimos coletazos con la camiseta de un Milan cada vez más apagado.

Aquel equipo ganador fue heredado con Mourinho con una clara misión a corto plazo: volver a conquistar europa. Con los cimientos del equipo forjado en torno a la figura insaciable de Zlatan Ibrahimovic, el portugués, que venía de impartir cátedra en Londres, con todos sus prejuicios y perjuicios, aterrizó en Milán, forjó un equipo rocoso, compitió como en los años sesenta y conquistó la tercera copa de Europa del club una tarde de mayo en Madrid, ciudad a la que viajaría para quedarse y para dejar al Inter sin un patrono con el que seguir conduciendo el barco hacia buen puerto. Desde entonces, una vez más, la deriva. Y junto a la deriva de ambos, la deriva de todo el fútbol italiano, antaño adalid del esplendor y el lujo y hoy en el pozo sin fondo de un deporte que viaja en el tiempo hacia el lugar donde aflora el dinero.

Del esplendor de los años ochenta y noventa nos queda el imborrable recuerdo del Milan que conquistó Europa con dos estilos. Uno, académico y sorprendente, y otro, sobrio y eficaz. Sacchi y Capello, aunque diferentes en el concepto, coincidieron en el estilo en cuanto a dotar al equipo de espíritu defensivo y dejar que, en ataque, los magos cumpliesen con su función. Aquellas finales ante Steaua y Barcelona dejaron dos cuatro a ceros y la sensación de que, cuando la máquina se ponía en marcha, no había un sólo resquicio sobre el que provocar una mínima avería.

Aquel había sido el propósito inicial de Alfred Edwards, socio fundador y primer presidente electo del Milan Cricket and Football Club, cuando secundó la idea de fundar un club deportivo; conseguir que, algún día, aquel equipo se convirtiese en el mejor del mundo. Y a ciencia cierta que lo fue. Y lo fue con creces. Lo fue con Sacchi, lo fue con Capello y lo fue con Ancelotti, en una última etapa de esplendor que abarcó la primera década del siglo XXI y en cuyo auge llegó aquel cero a seis en San Siro el día que Schevchenko y Serginho destrozaron al lujoso transatlántico capitaneado por Vieri y Recoba. De la épica, la mofa y el recuerdo de aquellos grandes partidos han nacido los grandes tifos que, a menudo, han inundado las gradas del Giuseppe Meazza dando un color especial a este duelo de titanes.

Hoy, aferrado a la agonía de un recuerdo, el Milan se debate entre la vida y la muerte dirigido por quien, un día, fue el exitoso goleador que rompió al Liverpool en la revancha de Atenas en 2007. Inzaghi, quien en el área vivió de la intuición y la oportunidad, no está siendo capaz de llevar el barco al puerto de lujo que ocupó en años pasados. El problema, más allá del banquillo, está en un césped plagado de jugadores de segunda fila. Allá donde, hasta no hace demasiado tiempo, hubo estrellas, hoy hay estrellados y tipos que buscan fortuna con una camiseta que les queda grande. Es el ejemplo más palpable de que el esplendor italiano, en cuanto ha fútbol, ha caído a un pozo donde el fondo, por desgracia, se ve cada vez más y más lejos.

Uno de los últimos ídolos que aclamó y odió la Fossa dei Leoni, conocida curva donde se asentan los radicales interistas, fue Zlatan Ibrahimovic. Durante tres temporadas impartió magisterio con la camiseta del Inter después de llegar rebotado de una Juventus que había sido descendida a segunda de manera disciplinaria. Aquel genio de piernas largas y cabeza loca abandonó Milan para ganar la Copa de Europa y se dio de bruces con el fracaso al comprobar como su ex equipo levantaba la orejona después de eliminar al equipo por el que había fichado. Harto de consejos, desplantes y sueños rotos, se marchó de nuevo rumbo a Milán para vestir la camiseta del equipo vecino. Mientras unos se remozaban por el refuerzo, los otros, que comenzaban, una vez más, a convertirse en una caricatura de sí mismos, mascullaban el dolor con el puño apretado y la lágrima candente.

En casos así, uno no puede evitar rememorar a Facchetti y Zanetti. O a Baresi y Maldini. Dos exponentes del One Club Man que vistieron sus respectivas camisetas durante dos décadas y que nunca pusieron el oído en dirección a los cantos de sirena. Tipos comprometidos, eficaces y leales que ganaron el corazón de una hinchada y el respeto de mil aficiones. Cruces a cara de perro y abrazos tras el partido; deporte y corazón. De los verdaderos ídolos llegan, generalmente, los verdaderos gestos.

En 1918, una vez el Milan se hubo recompuesto de la excisión que, por propia voluntad, le había debilitado, humilló a su gran rival ganándole por ocho goles a uno en el resultado que, hasta el día de hoy, es el más abultado en un enfrentamiento entre ambos. Pronto se enconó una rivalidad que, a base de resultados abultados por un lado y el otro, terminó por convertirse en mediáticamente mundial. En honor a la figura de la Virgen María que preside el Duomo de la Catedral de Milán, el enfrentamiento entre ambos equipos se bautizó como derbi de la Madoninna.

Resulta difícil dirimir cual de los dos equipos ha obtenido más grandeza desde aquellos primeros partidos recién nacido el siglo XX. Si hablamos de poder continental, el Milan es, por derecho, el equipo más poderoso de Italia, al haber conquistado siete Copas de Europa por las tres obtenidas por su rival ciudadano. Un Inter que, aun habiendo sido el último equipo italiano en conquistar la Champions, vivió sus mejores tiempos en los años sesenta una vez un ávido empresario llamado Angelo Moratti adquirió el club con el fin de situarlo en la cima del fútbol mundial. Fueron años de esplendor los que siguieron a aquellas contrataciones de tipos como Helenio Herrera, Luis Suárez, Peiró y Jair. Aquellos foráneos, junto a un grupo de excelentes jugadores italianos comandados por los inmortales Facchetti y Mazzola, pusieron patas arriba el concepto clásico del fútbol y ganaron de una manera diferente. Quizá no tan bella, pero sí más eficaz. Más pasional.

Nada que ver con tipos más modernos que han vestido la camiseta de ambos equipos y que no han dejado ningún buen recuerdo en el halo de romanticismo que envolvió a ambos clubes una vez forjaron sus leyendas y se decidieron a mirar atrás para hacer saber a la gente que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.  Hubo tipos como Mutari o Cassano, cuya experiencia en el rival vecino, tras haber vestido la camiseta propia, no causó el mínimo dolor en alguna de las aficiones, pero si hubo un tipo que cambió el fútbol italiano y se convirtió en objeto arrojadizo por parte de la crítica y la afición ante el mal ojo del Inter de Milan, este fue el de Pirlo.

Pirlo fue un joven valor fichado por el Inter al Brescia para dar fuste a su centro del campo. Tanto y tan bien se habló del jovencito, que toda la responsabilidad del equipo cayó sobre sus espaldas. Dieciocho años y apenas un puñado de partidos en la Serie A. Le situaron por detrás del delantero y le pidieron gol, asistencia, regate y efectividad máxima. Eso en un equipo que hacía décadas que había perdido toda identidad. No resultó extraño que el chico se deprimiese y el Inter terminase vendiéndolo al mejor postor. Este no fue otro que el Milan. Ancelotti, recién nombrado entrenador, supo ver en el chico el tipo que necesitaba para engranar un equipo que aspiraba a ganarlo todo. Y lo ganó todo. Lo ganó todo con Pirlo en el eje del centro del campo, con un fútbol sublime por momentos y con un futbolista que se convertía en referencia del fútbol italiano. Aquel Pirlo por el que los aficionados del Inter no hacían más que comerse los dedos, fue el motor de la Italia campeona del mundo en 2006, al tiempo que fue la brújula que condujo al Milan a una nueva época de esplendor.

Dolor interista el del ver como su rival se iba haciendo con entorchados europeos mientras ellos no pasaban de acomodarse en la zona noble de la Serie A. Nada que ver con aquellos felices sesenta en el que ambos se equipos se tosían mutuamente y se repartían entorchados. Una época en la que Mazzola era el cañón del Inter y Rivera era el bambio de oro de Italia. Esplendor en la hierba.

Los orígenes del Inter se retrotaen a la fusión del Internazionale con la Union Sportiva Milanesa. Aquella fusión, tras la escisión del Milan Cricket and Football Club, tuvo como consecuencia el nacimiento del Ambrosiana Inter, equipo que, según decían, era el preferido del fascio de la ciudad. Aquello no hacía sino arraigar aún más la creencia de que, desde la escisión de ambos equipos, el Milan se había convertido en el equipo de la clase trabajadora, más aferrada a la tierra, y el Inter en el de la Burguesía, más dispuesta a la evolución.

Las anécdotas, política aparte, nunca han sido ajenas al derbi de la Madoninna. Cassano, peculiar personaje donde los haya, no ha sido el único jugador presto a los shows circenses que ha vestido la camiseta de alguno de los dos clubes. En enero de 2010 y después de que el Inter derrotase al Milan por dos goles a cero, el polémico defensa Marco Materazzi se enmascaró con una careta de Silvio Berlusconi poniendo patas arriba, San Siro primero, y toda Italia después. Aquella burla al presidente de la nación, anteriormente presidente del Milan, signficaba una burla a toda la institución. No dejaron de llover críticas y hasta el propio Materazzi hubo de salir a la palestra para pedir un perdón que nunca se sabrá si realmente sentía.

En el crepúsculo de los dioses de los años setenta, una vez que los años dorados habían dado tiempo a la modernidad del fútbol anglosajón, el Inter tuvo un precedente de burla más demoledor que el de Materazzi, y fue en forma de resultado. En el derbi disputado en 1974, el uno a cinco supuso un motivo de vergüenza para un equipo que iba cuesta abajo y que, pocos años después, para regocijo de la parte neroazurra de la ciudad, fue descendido a la Serie B por su implicación en una red de amaños y apuestas ilegales. Aquello fue una puerta para el crecimiento del Inter que nunca llegó a aprovechar. A pesar de verse en superioridad de categoría sobre su rival, el equipo neroazzurro no ganó el Scudetto hasta 1989 tras haberlo hecho previamente en 1980. Y cuando lo hizo, el Milan ya era el gran equipo que hoy, los de mi generación, recordamos con añoranza.

Como con añoranza deben rememorar los más viejos del lugar aquel espectacular seis a cuatro de 1969 el año en el que el Milan, después de llevarse el duelo, levantó su segunda Copa de Europa en una final sin rival tras una mágica noche de Pierino Prati. O mucho más allá en el tiempo, aquellos primeros derbis en color sepia en la que las imágenes rememoran una Ambrosiana Inter muy superior a todos los rivales con los que se iba cruzando, Milan incluido.

El Inferno Rossonero, curva bautizada en San Siro por los radicales del Milan, aún relame heridas de guerra. No han sido pocos los tifos que han inundado los fondos del estadio, ni pocas las pancartas alusivas que han invadido las tribunas del viejo estadio milanés. Esta guerra de gradas se ha contagiado en el campo cada vez que ambos equipos han pisado el césped y se han lanzado a un enfrentamiento furibundo. En juego, más que un resultado, está el orgullo de media parte de la ciudad y eso, lo entiendan o no los contendientes, no se paga con dinero.

En 1949 el Milan le ganó al Inter por seis a cinco en el derbi con más goles hasta la fecha. La postguerra había generado hombres duros, soñadores de una nueva patria e idealistas de un nuevo fútbol. Todas las épocas de esplendor implosionaron en el recuerdo de los aficionados en el último enfrentamiento, hasta la fecha, de ambos equipos. Fue el pasado día veintitrés de noviembre y el uno a uno final fue el fiel reflejo del pobre espectáculo vivido en el césped. Las horas bajas se han apoderado del juego de dos equipos melacólicos, presos de su pasado y sin visos de mejorar a medio plazo. No hace mucho ambos equipos eran dueños de Europa. Los interistas dicen que sin la mano de Berlusconi y su influencia gubernamental, el Milan no hubiese sido la mitad de lo que fue en las últimas décadas. Los milanistas sonríen, sin la influencia judicial, sin Calciopoli, el Inter no hubiese logrado ni la mitad de la mitad de lo que logró durante la última década. Reproches, recuerdos y fútbol. En eso suele basarse una rivalidad. Herbert Kilpin quizo hacer de Milán la ciudad referencia del fútbol mundial. Y, aún no saliendo el plan como lo hubo diseñado, lo logró. Aquel Milan and Football Club fue el origen de un imperio. El imperio de Milán sigue en pie. Dos equipos, tres colores y cien maneras distintas de vivir el fútbol.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Nada que ver con el fútbol - por Rubén Uría

Un muerto. Una vida al río. Sensaciones encontradas: indignación, asco y dolor. Después, vergüenza. El partido que no se debió jugar, se jugó, porque unos no lograron contactar con otros que, a su vez, no persuadieron a otros para frenar un sainete de manicomio. La Mejor Liga del Mundo. Primero sangre, luego goles. Sin anestesia. Las voces de la mediocridad resonaron. “No tiene nada que ver con el fútbol”. Bochorno. “Eso ha pasado lejos del estadio”. A doscientos metros, cinismo. “No soy quien para disolver el Frente Atlético”. Brazos cruzados. Si la mediocridad fuese una unidad de medida, Gil y Cerezo serían los campeones del mundo de la especialidad. Pasó lejos, apostillan, como si sólo importase lo que sucede desde la puerta, como si no tuviesen obligación de negarse a jugar, como si estuviesen atados de pies y manos para reaccionar, como si no tuviesen la sospecha de que alguno de esos asesinos entró al estadio, con las manos llenas de sangre, pudiendo disfrutar de su ¿equipo? y después volver a casa, porque sus actos han vuelto a quedar impunes. 

"Se juntan ultras del Rayo con ultras del Deportivo para pegarse con ultras del Atlético de Madrid. Eso no es fútbol". Claro que no, es waterpolo y doma clásica. “Siempre hay algún hijo de puta entre cuatro mil”. Quién sabe qué recuento hubo en mayo de 2005, cuando un grupo de tipos con pasamontañas entró en las instalaciones del club, sin oposición alguna, parando un entrenamiento para “persuadir” a la plantilla del Atlético. Han pasado casi diez años desde aquello, pero ya saben, no tiene nada que ver con el fútbol. Habría bastado con impedir que fascistas y neonazis se agrupen exhibiendo colores que ofenden a una afición ejemplar. Gentes que, durante el encuentro, abroncaron y repudiaron al sector violento, porque sí quieren al Atlético. “No tiene nada que ver con el fútbol”. Es Cerezo, al que la prensa de este país hoy afea, pero al que le ríe los chistes, masajea y nunca recuerda la apropiación indebida del club, como cooperador necesario del finado Jesús Gil. “Yo no soy quien para disolver el Frente”. Es Gil Marín, el hombre que sí fue quien para ser condenado por estafar a su propio club y seguir dirigiéndolo, con el aplauso de los medios de (in) comunicación. Si no son nadie para expulsar del club a quien le avergüenza, cabe preguntarse qué demonios pintan ahí. ¿Quién les criticaría por expulsar a los violentos del estadio? Por primera vez en veinticinco años, les aplaudirían. 

“No tiene nada que ver con el fútbol”, dicen, mientras el resto de aficionados, que pagan su abono religiosamente y se han ganado el afecto de otras aficiones, tienen que soportar la humillación de ser señalados por los que llevan años riéndose de los muertos (Juanito, Puerta) y gritando que Aitor Zabaleta (asesinado en los aledaños del Calderón) era de la ETA. Gil, Cerezo y los radicales que siguen teniendo acceso al estadio por la inacción del club, tienen algo en común: entraron en el Atlético, pero el Atlético jamás entrará en ellos. Lo que sucedió no fue un accidente, ni un incidente aislado. No se puede tolerar ni un minuto más el brazo armado neonazi, fascista o comunista que, envuelto en los colores del fútbol, delinque y asesina a capricho. Los que dan palizas y asesinan, fuera del fútbol. Y quienes se inhiben y se lavan las manos, también. Gandhi dijo aquello de "ojo por ojo y todos acabaremos ciegos". El fútbol no puede seguir vendiendo cupones y dando bastonazos. Tiene que reaccionar. Necesita abrir los ojos. Ni un muerto más. 


Publicado en Eurosport

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Esplendor en la hierba

"Nada nos devolverá los días del esplendor sobre la hierba, pero nos recordaremos y fortaleza hallaremos en lo que nos queda.". Estas líneas de William Wordsworth sirvieron de base a Elia Kazan para introducirnos en uno de sus más aclamados filmes. "Esplendor en la hierba" cuenta el auge y caída de una generación que se creía capaz de comerse el mundo y que terminó, en muchos casos, sumida en el anonimato o en la locura. Nada devolverá a los protagonistas aquellos días frenéticos de juventud, pero siempre permanecerá en el recuerdo aquello que lograron y les servirá para mirar al futuro con orgullo.

Desde la juventud, el Valencia montó la base del que probablemente fue el mejor equipo de su historia. A mediados de los noventa, un chico tímido de la cantera subió al primer equipo para ocupar el puesto de lateral derecho. Quique Flores se había marchado al Madrid y el Valencia, en pleno proceso de recomposición, hubo de buscar en Paterna las piezas que le faltaban a su engranaje. En principio, Mendieta no tenía apariencia más allá de un tipo cumplidor, que bregaba la banda y centraba al área aceptablemente.

Pero ocurrió que de la necesidad se hizo virtud. En muchas ocasiones, los tránsitos con zozobra suelen conducir a buen puerto siempre que la crisis se gestione con mano izquierda. El Valencia fichó mucho y el tiempo fue acomodando a cada jugador en su lugar. En el lateral derecho terminó por acomodarse el francés Angloma y el chico rubio de paterna, poco a poco, se fue acostumbrando a jugar en el centro del campo. Y cuanto más libre jugaba, más feliz era. Y cuanto más feliz era, más ganaba su equipo.

 En aquellos días de esplendor en la hierba, los más grandes, uno a uno, iban cayendo como víctimas mediáticas a las que apuntar como una muesca más en el revólver en que había convertido su magnífica pierna derecha. Un golazo al Barça de volea, un gol al Madrid de falta y un gol estratosférico en la final de copa frente al Atlético terminaron de encumbarlo. Una vez en la cumbre, el Valencia visitó San Mamés, y a Mendieta no le quedó otra opción que homenajear a sus orígenes con una obra maestra. Recibió el balón en tres cuartos, avanzó hacia el área y como si generar una obra de arte fuese lo más fácil del mundo, fabricó uno de los goles más bonitos de su carrera.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mané



Patizambo, cojo, achepado y falto de luces. Podríamos estar hablando de cualquier desafortunado ciudadano golpeado por la vida y las enfermedades. Astillado por la poliomielitis y objeto de mofa entre los niños del descampado. Era tan feo que le apodaron Garrincha; el nombre por el que allí se conocía a uno de los muchos pájaros tropicales que, de vez en cuando, aparecían por las afueras de la ciudad.

Pero cuando un balón botaba por la tierra, era el primero en cazarlo y el último en soltarlo. Aprendió a sortear patadas y a acelerar ante quienes querían bloquearle, pero, sobre todo, aprendió a frenar. Y qué maravilla era verle frenar tras una arrancada. Le gustaba enseñar la pelota, la escondía tras el talón y aceleraba. Acto seguido frenaba. Y volvía a salir disparado. Y en el proceso, claro está, dejaba a un defensor cariacontecido y un espectador boquiabierto.

La fama del niño feo y malformado recorrió Río de Janeiro y el pequeño Mané terminó enrolado en las filas de Botafogo donde dio sus mejores tardes y donde sus jugadas terminaron convirtiéndole en mito. Aún se le recuerda fajando contra Nilton Santos en cada entrenamiento y como después, en los partidos, previa charla del capitán, salía a divertirse y dejaba defensas tumbados en cada uno de sus esláloms. No tardó en convertirse en el jugador más decisivo del equipo. Volaba, frenaba y arrancaba. Muchas veces asistía y otras tantas marcaba. Tres veces campeón carioca y el premio irrechazable de convertirse, por derecho propio, en el dueño de la banda derecha de la selección brasileña.

Los que recuerdan aquellos mundiales, los que evocan goles y momentos, suelen remitirse a Pelé como astro principal en el triunfo, pero lo cierto es que sin Garrincha no hubiese habido goles de Vavá en el cincuenta y ocho y sin Garrincha no hubiese habido paseo triunfal en Chile en el sesenta y dos. Los que creen que Maradona fue el único jugador capaz de ganar por sí solo un campeonato del mundo, olvidan que veinticuatro años antes, un genio de piernas torcidas acaparó el balón con tanta consistencia que no lo soltó hasta conseguir que su equipo repitise la gloria como campeón del mundo.

El resto es fábula triste con lágrima y moraleja. El tipo al que un día apodaron "la alegría del pueblo" fue cambiando las tardes de banda derecha por las noches de club. Se agarró a una botella de whisky y no la soltó hasta verse moribundo en la puerta de un comercio. Murio en silencio, ebrio, muerto de frío y de soledad. Quienes quisieron haberle olvidado se lanzaron a la calle y se hicieron oir cual plañidera resentida. Acompañaron su féretro por toda la ciudad y no hubo una calle donde no se llorase la muerte de Garrincha. Aún algunos le recuerdan. A esos nostálgicos de tardes de ensueño en el General Severiano les siguen diciendo que Pelé fue el mejor jugador de la historia. Ellos sonríen melancólicos y se preguntan que hubiese hecho Pelé para el fútbol de haber sido zambo y haber tenido la columna desviada. "Nada", susurran en voz baja. "Absolutamente nada".

jueves, 9 de octubre de 2014

El tiempo entre facturas

El trabajo es una bendición para quien quiere sobrevivir en una época en la que el pan se paga en contratos basura y la sonrisa de un niño cuesta doce horas diarias fuera de casa. Para quienes buscamos un hueco para contar lo que pensamos y compartir lo que sentimos, el tiempo vale lo que una pepita de oro para un ávaro buscafortunas.

Mi tiempo, el que paso entre factura, me indispone a la hora de actualizar mis bitácoras. Nada me gustaría más que poder escribir sin parar en cada uno de mis mundos y poder contar todo lo que quiero y lo que creo, pero ocurre, en demasiadas ocasiones, que mi condición de superviviente me obliga a beber el caldo y dejar a un lado las tajadas. Efectos colaterales de un mercado laboral que nos ha convertido en esclavos del capricho ajeno.

Desde que no puedo actualizar mi bitácora he dejado de rendir homenaje sincero a todas aquellas estrellas que dejaron la tierra para irse a brillar en nuestro recuerdo. En ocasiones, la vida es tan evidentemente cíclica que nos hace olvidar que los días se agotan y las personas terminan por apagarse. Cuando se apaga la luz de alguien que nos ha hecho soñar y cumplir nuestros sueños es cuando nos damos cuenta de que todos somos carne y hueso y que al final, lo que queda, siempre es la memoria.

Se nos marchó Eusebio y el cielo se tiñó de gris. Benfica se asoció para siempre a su figura; aquellas finales ganadas vestido de rojo carmesí y aquellas finales perdidas vestido de blanco. Aquel día que el blanco fue rival y anotó dos goles consecutivos para decirle a Puskas que sí, que él era un genio del disparo pero que aquella final era su carta de presentación y no pensaba saludar al mundo simplemente para decir hola y marcharse cabizbajo por la puerta de atrás. Desde entonces creció como futbolista y se mitificó como un adorable perdedor. Siempre la mano abierta para el saludo, aun cuando la lágrima está apunto de aparecer por el rabillo del ojo. Aquel mundial del sesenta y seis en el que sucumbió ante Charlton y aquella final de dos años después en la que Wembley, de nuevo, fue testigo de su caída ante Sir Bobby. Hay historias tan grabadas a fuego que identifican a un club con un único personaje. El Benfica es Eusebio y como tal permanece intacto el recuerdo de sus goles y su imagen, clavada en el suelo, en forma de estátua, en una plaza, junto al Estadio Da Luz. El gesto adusto y el reflejo claro de quien vivió como un Dios pegándole fuerte a la pelota.

A Lisboa viajó el Atleti para redimir todo su pasado con el recuerdo de aquella final del setenta y cuatro cuando Luis había clavado una falta en la escuadra de Maier. Pero al igual que había hecho el Benfica una semana antes frente al Sevilla, el Atlético tampoco supo regalar al recuerdo de su mejor jugador la conquista de un título que habían merecido por empeño. Benfica y Atleti regalaron la liga a título póstumo a sus dos más grandes leyendas y en ambos sobrevivió el aura de quien supo retener un estilo. Lo que el Atleti heredó de Luis fue el esfuerzo, el coraje y el saberse mejor en los momentos más difíciles. Igual que hizo aquella selección en la que nadie creía, este equipo rescatado por Simeone rindió pleitesía a su héroe en los cielos en forma de coraje y corazón. Un himno resonando en el eco del Calderón y un futbolista con el número ocho que había estrenado aquel marcador por vez primera. El fútbol de siempre en los corazones rojiblancos de toda la vida.

Si un equipo lloró derrotas durante la pasada temporada, fue el Fútbol Club Barcelona. Aquejado por la depresión que sumió a Messi en la sombra, el equipo se fue apagando con los meses hasta convertir a Martino en el pim pam pum de la crítica adjunta. El famoso entorno encontró al culpable y cuando quisieron encontrar la sombra del ciprés encontraron la pérdida de quien había su totem durante sus años más gloriosos. El puñetero cáncer nos privó de un gran entrenador y se llevó a una persona que intuíamos como sensible y audaz. Dicen que nadie se marcha si permanece su recuerdo y nadie olvidará jamás aquel Barcelona de los cien puntos en el que Tito navegó la nave como patrón o aquellos años en los que, como contramaestre, aportó su ideario a una gestión que llevó a su equipo a convertirse en el modelo a seguir. Los que vimos a aquel Barcelona podemos reconocer que nunca habíamos visto una cosa igual que probablemente nunca volveremos a verlo. Y ahí estaba la mano de quien decían que era un segundo de a bordo y en realidad era un Coronel con muchos galones.

El último en marcharse fue el más grande. Como si de un homenaje previo se tratase, el club al que convirtió en santo y seña del fútbol mundial, le conmemoró con la conquista de la décima copa de Europa, dejando claro que en su identidad con cabe la palabra derrota. Cuando Di Stefano llegó a Madrid, el equipo blanco era comparsa que perseguía la gloria de los equipos del norte. En la propia capital, era el Atlético quien se rearmaba con goles de cristal. Cuando se marchó, el Real Madrid no era solamente el mejor equipo de España, sino que era el mejor equipo del mundo. Y así ha sido desde entonces. Desde la llegada de la Saeta Rubia, descalabrados sonados mediante, el Bernabéu solamente ha concebido el verbo ganar. Muchas veces sin juego y otras volando como un cometa, el Madrid lo ha ganado todo y si sigue teniendo hambre es porque un día llegó un señor calvo y pinta de exfutbolista que enseñó al mundo que el fútbol era más que un juego.

La vida y el fútbol vuelan a una velocidad tan interestelar que solamente somos capaces de apreciar el presente y, si acaso, soñar con un futuro. La portada, el gol, la promesa. Pero el fútbol de hoy es un fenómeno de masas gracias a que tipos como Eusebio, Luis y Di Stéfano se propusieron dar un paso hacia adelante y gracias a que tipos como Vilanova quisieron jugar con la audacia para revolucionar el juego. El carrusel seguirá girando pero conviene no olvidar. Siempre se sabe mejor hacia dónde se va si se conoce el lugar del que se viene.

jueves, 18 de septiembre de 2014

O Rei



Jugaba en un campo de piedras con una pelota de trapo. Los pies descalzos, la tez morena desafiando al sol y las piernas, como plumas, desafiando a la gravedad. Saltaba por encima de los niños mayores y corría más que los más altos. No era fuerte, pero era listo. Y era muy hábil. Su padre hubiese querido que saliese goleiro, como él, pero el niño salió atacante y no fue un atacante cualquiera. Fue el hombre que puso a Brasil en el mapa de los campeones. Un día fue el niño que lloró el maracanazo y pocos años después fue el adolescente que humilló a Suecia en pleno corazón de Estocolmo.

Le llamaron "O Rei" porque pasó de infante a monarca sin reclamar un solo principado. Conquistó estadios a base de goles y en el estado de Sao Paulo colocó en el mapa una ciudad llamada Santos que le beatificó en vida por los siglos de los siglos. Aquella delantera mágica formada por Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe, se hizo dueña de América y arrasó en el mundo en giras interminables como una compañía de circo que mostraba las fieras más indomables.

Al más indómito de todos quisieron enterrarle antes de tiempo. Cayó Joao Saldanha por despecharle y Zagallo confió en él para dirigir las huestes en un caluroso verano mexicano. Aquel equipo de cinco dieces deleitó al mundo de tal manera que aún hoy hay que rebuscar en la memoria gráfica de muchos medios para encontrar un equipo tan estéticamente perfecto. Aquel salto sobre Burgnich aún perdura en el recuerdo de quienes vieron aquella final en multicolor y no en pocas ocasiones somos el resto de románticos quienes buscamos en la red el portentoso remate que abrió la lata ante la rocosa Italia.

Se alejó del ruido para convertirse en estruendo. Cuando llegó a Nueva York, sorprendentemente, casi nadie le conocía, pero le faltaron unas pocas semanas para convertirse en semidios. Para entonces ya era más un producto que un futbolista, pero en aquel campeonato recién parido, contaban más los detalles que los resultados y, técnicamente, Pelé era un dechado de virtudes. Tras muchos goles y varias fotos en las que la estética le ganaba a la práctica, dejó el fútbol para seguir siendo millonario. Con un saco de mil trescientos goles a las espaldas, se quitó la camiseta con el número diez para trasladar su imagen a los museos de la postmodernidad. En Brasil nacieron un centenar de futbolistas realmente brillantes, pero sólo Pelé brilló tanto como para apagar las lágrimas negras de un fracaso que había enquistado a un país una tarde de verano de 1950.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La soledad del portero



La vida del portero se analiza más en los goles recibidos que en las paradas realizadas. Cada parada es una oportunidad más para la victoria y cada gol es una oportunidad menos. Una parada no cambia nada y un gol lo cambia todo. Una parada es una ovación y un gol es una losa. Para que un portero termine convirtiéndose en héroe debe esperar a una tanda de penaltis.

Y en esas andaba entonces el protagonista de esta historia. Se llamaba Ramón y de primeras, el propio nombre le sonaba tanto a común como lo era su capacidad de salvador. Ramón era un portero normal, con una pizca de instinto para los lanzamientos y un poco de cabeza para la colocación. Nunca había sido un héroe y estaba ante la oportunidad de serlo.

De reserva sin aspiraciones había pasado a titular indiscutible en sólo dos semanas. Dos lesiones, y la oportunidad de su vida se abrió ante sus ojos; el primer portero se había roto la mano y él, que hacía tiempo que andaba con el alma rota por la suplencia, se había encontrado cara a cara con el destino. Su última parada había acabado en un rechace a pies de un delantero rival y en un gol sin concesiones. Era posible que el destino hubiese reservado para él una página mucho más gloriosa que la que le podía reportar cualquier parada en cualquier prórroga aun siendo imaginaria. Cuando los ciento veinte minutos del final de la Copa llegaron a su fin, inmediatamente supo Ramón que había nacido para vivir aquel instante. Sus primeras paradas bajo el sol de su barrio y sobre la dura piel del asfalto, las recordaba ahora como un desafío a igualar. De familia humilde y corazón emprendedor, había decido ser portero después de ver a ídolos de color volar para guitarle el polvo a una escuadra y mandar el balón al limbo de las oportunidades perdidas.

Su carrera se dibujaba en altibajos y sus titularidades siempre le habían costado más que cualquier parada. Debutar en la Primera División le llevó veintidós años de su vida y fichar por un equipo de empaque un total de veintiséis. Si sumaba los años que le había costado ganar un título se santiguaba al pensar que había pasado veintiocho años buscando un sueño y que en su búsqueda había dejado atrás una infancia y una juventud restregadas por los suelos de los campos de fútbol.

Y entonces, un año más tarde y con veintinueve años en el carné de identidad y más de un millón de paradas en el currículum, afrontaba la tanda de penaltis más importante de su vida. Era como saberse protagonista y no creer en serlo, porque él, Ramón, portero y trabajador, nunca había querido acumular la gloria de sus paradas ante los ojos del público, si alguna característica que hubiese de convertirse en virtud le adornaba, esa era la humildad, pues para él nunca había habido un jugador sin un equipo, para él no existía un gran portero sin una gran defensa y para él no se podría salir invicto de una tanda de penaltis si no acompañaba la suerte.

La suerte. Él, supersticioso en el límite y soñador frustrado por su propia convicción, siempre había creído en la suerte como factor determinante de la vida. Nunca quiso ver gatos negros en sus paradas ni espejos rotos en sus decisiones, estaba convencido de que tentar a la suerte era tentar al pecado y que guardarse de llorar, las más de las veces, prevenía más de los fracasos que de las victorias. Cuando se encontró con su primera titularidad de verdad, le dio gracias a la vida y se convenció a sí mismo de que le había llegado su momento para demostrarle al mundo si de verdad la suerte estaba con él o si por el contrario, estaba dispuesta a darle la espalda.

Aquella final de la Copa la había afrontado en plenitud de ganas. Ante cualquier circunstancia, él siempre decidía reír, porque para llorar, como solía decir, siempre había tiempo. A su equipo le había caído en suerte (siempre la suerte revoloteando como una tentación) ser el primero en lanzar en la tanda de penaltis. Cuando vio a su compañero Luciano, con el número cuatro en la espalda, central exquisito y mejor persona, tomar la carrerilla, sintió la total seguridad de que aquel lanzamiento se iba a convertir en el primer punto a favor en la tanda. El gol supuso un alivio y una primera batalla ganada dentro de aquella guerra a diez lanzamientos.

Era su turno. Ramón siempre había afrontado cada penalti como un duelo de miradas. Si mantenía la vista firme y el cuerpo equilibrado, era posible adivinar la dirección del lanzamiento. Si se dejaba vencer por el engaño y por la bravura del lanzador, entonces no le quedaría otra que acudir a la red a recoger la pelota. En los ojos de su rival no percibió más que dudas y aquello acrecentó su ánimo. Se colocó sobre la línea de portería y bajó los brazos, esperó al silbido del árbitro y siguió esperando el momento decisivo, vio la carrera de su rival y esperó un poco más. El lanzador miró hacia el frente y chutó fuerte. Ramón esperaba un lanzamiento más colocado, se tiró bien en busca del balón pero el rival le había dado altura y lo había ajustado bastante. No llegó. Empate a uno y vuelta a empezar. En sí mismo supo que nadie le iba a culpar si no detenía ningún penalti, pero sus hechuras de héroe en aquellos minutos en los que soñar costaba tan poco como probar a alcanzar la gloria, no se iba a resistir a marcharse de allí sin detener al menos un lanzamiento.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar también anotó, por lo que le puso de nuevo en situación de alcanzar la gloria en la punta de sus guantes. Volvió a mirar y volvió a aguantar, pero esta vez tampoco pudo detener el disparo certero de su rival. Si seguían lanzando tan fuerte y ajustado le iba a resultar un ejercicio imposible el de convertirse en héroe de aquella final.

Recogió el balón para entregárselo al portero rival y entonces descubrió en su mirada el mismo miedo que quizá a él también le inundaba el ánimo y aquello le produjo un escalofrío terrible que le recorrió el espinazo como una hoja de navaja helada. Ambos eran rivales y a la vez compañeros porque solamente en aquella mirada había encontrado el eterno secreto de la comprensión y supo que no estaba solo en el mundo. Le compadeció sin darse cuenta de que al hacerlo también se estaba compadeciendo a sí mismo y con ello estaba poniendo su futuro en manos de un destino en el que nunca creyó, porque él solamente creía en la suerte, en los días y en la esperanza.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar era Nebinho, era brasileño y era muy bueno. Había cuajado un gran partido y ahora estaba en disposición de rematarlo con un nuevo pasaporte hacia un sueño. Recordó, al tiempo que maldecía su instinto por recordar, aquella frase sentenciadora de su abuelo cada vez que se destapaba la emoción en una tanda de penaltis: “el jugador que hace un gran partido siempre falla su penalti”. Nunca detestó tanto el ejercicio de concederle la razón al bueno de su abuelo. Nebinho puso el balón en las nubes y las ilusiones se desplomaron en el suelo. Por primera vez en toda la final había llegado su turno de verdad.

Imaginó mil veces una estirada y dudó entre jugársela o aguantar. Cuando el miedo te acorrala resulta muy difícil decidirse y cuando Ramón vio la carrera frontal de su rival decidió jugar a las adivinanzas y creyó intuir que el disparo viajaría hacía su izquierda y hacía allá se lanzó, pero la fortuna no quiso sonreírle esta vez y se lamentó por cometer el pecado que tanto odiaba y que era el de tentarle a la suerte. El balón viajó despacio y templado hacia el centro de la portería para hacerse allí un hueco en la red y una extensión en el ánimo de los jugadores rivales.

Perdían. Por primera vez en la noche estaban perdiendo la final. El siguiente lanzamiento resultaba pues, además de crucial, un último motivo para seguir agarrado a un sueño. Ramón siempre había tendido sus valores hacia la confianza y por ello prefería confiar en sus compañeros antes que dudar de ellos. Así, no vaciló un instante a la hora de aclamar en el oído de su amigo Rody las más valiosas palabras de ánimo para convencerle de que aquel lanzamiento iba a ser un gol seguro. Tantas veces debió decirle que era el mejor, que Rody debió de creérselo a pies juntillas pues chutó el penalti hacia el lugar más imposible de detener; la misma escuadra.

De nuevo llegó su turno. Como aquella vez en la que debutó en el equipo infantil de su barrio y le detuvo ocho disparos al delantero rival. Como aquella vez en la que viajó al último país del continente para ganarse una semifinal de la Recopa y había vuelto con la memoria fija en cada una de sus paradas. De nuevo, era su turno. La gloria, aquella que le había negado la vida durante tantos años pendía ahora de un hilo en torno a sus decisiones y a su capacidad de lanzarse hacia el balón. Era hora de olvidar levante, el sur y otros tantos estadios en los que había dejado carcajadas y fallos estrepitosos. Nunca había sido un portero genial pero siempre se había negado a quedar como un cantamañanas del área.

Se situó sobre la línea y volvió a bajar los brazos como si de un ritual se tratase. Observó a su rival y se sorprendió de su complexión atlética, jugó de nuevo a adivinar y pensó que le chutaría fuerte y al centro así que debía guardar la compostura si quería ganarse el derecho a seguir soñando con la Copa de campeón. El contrario tomó carrerilla frente a él y Ramón resopló intentando ahuyentar cualquier atisbo de temor dentro de su cuerpo. Siguió observando a su rival y no se inmutó cuando le chutó. El balón salió despedido con una violencia atroz y produjo un sonido hueco cuando chocó violentamente contra el travesaño. Por fin, después de cuatro lanzamientos en contra, había aparecido la suerte. Como bien sabía Ramón, era mejor no tentarla.

Y así quedaron momentáneamente empatados a tres goles y con dos lanzamientos por delante, uno para cada equipo. Humberto Martín Gallego tomó el balón con ambas manos y lo depositó lentamente sobre el círculo de cal que señalaba el punto de lanzamiento de penalti. Ramón sabía que, como buen uruguayo, Humberto no iba a entregar la victoria al rival en un mal lanzamiento, no iba a estar dispuesto a hacerlo. Por todo ello, Humberto le pegó suave pero ajustado, lo suficientemente ajustado como para evitar que el portero rival, aún en su magnífica estirada, alcanzase a tocar el balón y salvar así el gol que había subido al marcador y que les había puesto de nuevo por delante en el camino hacia la gloria.

Si alguna vez había estado Ramón convencido de haber alcanzado su turno para casarse con la gloria, no lo podía haber estado nunca como lo estaba entonces. A escasos segundos de él estaba el lanzamiento del décimo penalti de la tanda decisiva de la final de la Copa y él iba a estar bajo los palos para intentar evitar un gol que podía ponerlos en la tela de una nueva duda. Para ganar había que parar y para parar debía de ser él el héroe que consiguiese acertar una trayectoria y detener un balón que venía vestido de gloria, éxito y fortuna.

Ramón volvió a jugar a las miradas y volvió a concentrar su ánimo en los ojos del delantero rival. Le conocía de sobra pues había jugado durante muchas temporadas en el campeonato de su país y le había lanzado más de un penalti, de los que, por cierto, no había conseguido detener ninguno. Pero no era momento para lamentaciones ni para sonrojos por fracasos anteriores, era momento para parar, ganar y celebrar.

Volvió a pisar la línea de portería y volvió a bajar los brazos, no era por tentar a la suerte en vista del lanzamiento anterior, sino que lo hizo por costumbre y acomodo. El rival era zurdo y solía chutar hacia un lado. Muchas veces lo había hecho por raso y se preguntó Ramón si iba a hacerlo de nuevo esta vez. Lo difícil era adivinar el lado hacia el que iba a lanzar el balón y para hacerlo debía templar sus nervios y saber que aguantar era una cuestión de fe y de éxito total.

En los ojos de su rival detectó miedo y aquello le produjo una crecida en la corriente de sus instintos. Siguió aguantando firme aun cuando el silbato del árbitro ponía parte de sentencia a la final. La carrera fue lenta y el golpeo fue suave, con la izquierda y hacia la izquierda de Ramón.

Ramón aguantó y aguantó y sujetó el viento sobre sus dedos, se lanzó bien y cerró los ojos soñando que paraba el balón. Por eso, cuando sintió el contacto en sus guantes no supo creer si estaba soñando o si había tocado el poste de la portería y no supo si jugar a mirar o decidirse a escuchar. Escuchó, y la algarabía que emitió la grada no dio lugar a equívocos; había un nuevo campeón. Abrió los ojos y descubrió el balón cinco metros más allá de la portería, y cuando quiso levantarse, el peso de uno de sus compañeros volvió a desplomarle contra el suelo. Todos se unieron en una piña fabricando una melé sobre el cuerpo de Ramón, portero de casualidad y, por fin, héroe de una noche de primavera.

Ramón quiso reír y se puso a llorar como un niño. Pensó en las vueltas que da la vida y en lo duro que resulta el oficio de portero; toda la vida jugándose el pan en una estirada y esperando a una tanda de penaltis para conocer si la ruleta de la vida está dispuesta a concederte la suerte y convertirte en un héroe.