miércoles 11 de noviembre de 2009

"No sacamos al Real Madrid en portada porque no se lo merece"

Desde que la información derivó de la narración del suceso al forofismo más barato, nos han acostumbrado a vendernos una realidad demasiado futil para los que buscan relevancia y demasiado compleja para los irrelevantes. A medida que el Madrid fue perdiendo tirón en el campo y lo fue ganando en estadísticas económicas, los responsables de los periódicos más tradicionales captaron el mensaje más demagógico de todos: por encima del intelecto y por delante de la objetividad, la primera premisa es vender papel.

De esta manera, periódicos de tradicional tirada nacional fueron acurrucándose en su mundo de blanco impoluto y se convirtieron en lo que tanto detestaron durante años. En Cataluña, la prensa barcelonista siempre clavó sus uñas en pos de defender lo suyo y protestar ante lo ajeno. Lo ajeno, en aquellos años en los que el Barça era un barco a la deriva, no era otra cosa que el Real Madrid.

Hace ya tiempo que el Real Madrid no juega contra nadie, simplemente gana o pierde. Si sale vencedor de un duelo no se venden las miserias del rival (a no ser que se trate de un derbi y la gente por fin se de cuenta, albricias, de lo mal planificado que está el Atlético), simplemente se trata de una victoria más, dentro de la rutina lógica del mejor equipo del mundo. Sin embargo, cuando pierde, nadie se para a pensar si el equipo rival le ha dado un baile, si estuvo mejor tácticamente o si, simplemente, mereció la victoria por esa simple definición que conlleva el jugar mejor. Quizá venda más decir que el Real Madrid no merece salir en la portada.

Cuando nos venden este populismo capaz de hinchar la vena al más forofo tertuliano de barra de bar, no solo se dejan en evidencia a ellos mismos sino que provocan el enfado lógico de quien se cree conquistador de un pedazo de gloria. Si el Alcorcón hoy es portada simplemente porque el Madrid no ha merecido serlo nos estamos metiendo en el juego del desprestigio. De nada sirvieron ciento ochenta minutos de esfuerzo, ilusión y fútbol, la narración desinformativa lo simplifica todo a una falta de actitudes del equipo rival.

No es consecuente Marca con su paupérrima línea editorial una vez saca a la luz su enésima pataleta forofista, no exenta, como es habitual, de su particular dosis de ventajismo. Hace solamente un año, el Madrid sentó un precedente al ridículo que hoy le desmerece como candidato a portada y entonces el periódico reflejó en su informativa portada la imagen del capitán del equipo.

No hace muchos meses que, después de vender chorreo y remontadas heróicas, el Madrid salió de Anfield Road con una cornada bien profunda en todo lo alto. Tras un partido en el que el equipo apenas dio señales de presencia, Marca creyó oportuno que tanto Raúl como Casillas merecían salir en la portada.

Como lo que importa siempre es el fondo por delante de la forma, durante meses anduvieron vendiendo canguelo e ínfulas de equipo insuperable aún cuando todos sabían, y ellos mismos debían ser los primeros, que el equipo estaba cayendo en un insalvable bucle de mal juego. Por ello, cuando el Barça hizo el partido del año en el Bernabéu, no tuvieron más remedio que vender lo que hacía tiempo se preveía como una realidad. Aún así, creyeron conveniente que dos de los jugadores del equipo sí merecían estar en la portada.

Extraño el juego de merecimientos y desmerecimientos al que juega Marca desde hace tiempo. Me vale que el Madrid ayer (y en Santo Domigo), jugó horrible. Me vale que la primera hora en el Calderón fuese de una superioridad absoluta. Me vale la verdad y la verdad es la que yo veo. Me vale que el Madrid salga en la portada todas las veces que lo merezca y, espero, desde hoy, que los equipos que le ganen un duelo tengan su dosis de protagonismo gracias a su mérito y no al demérito del rival. Ellos mandan y ellos deciden, claro está, y por ende, ellos deciden sus portadas. Veremos cuánto tarda alguien en merecer (o desmerecer) una portada en este periódico, aunque con el inaudito ataque comparativo que idearon hace poco más de un año, miedo me da saber quienes, para ellos, son merecedores de ser portada de su diario.

viernes 30 de octubre de 2009

Bajo la tormenta

La tarde había amenazado tormenta bajo la capota gris que recubría el cielo y por ello, ahora que llovía a cántaros, jugar al fútbol se hacía tan difícil como pretenderlo. El césped olía a lluvia y las gradas olían a desencanto, con aquel tiempo no había fútbol ni ganas de verlo, y en el banquillo, Juan Castillo desgañitaba su garganta en una nueva sinfonía de órdenes que se perdían en la tormenta.

Juan Castillo era uno de esos hombres que miraban a la vida de frente y al fracaso de costado. Desde que se había enamorado del fútbol no había alejado un minuto de su vida cinco metros más allá de un balón. Como jugador fue más bien vulgar, le llamaron Castillito y le apodaron “El Expreso de Toledo”, un central de mucha talla y poca categoría con el balón, de mucho trabajo y pocas concesiones, de muchos alientos perdidos y pocos triunfos importantes. Cuando se retiró y decidió ser entrenador su mujer le abandonó por enajenado mental y sus hijos terminaron por reprocharle su falta de atención antes de darle la espalda. Nunca había tenido más ojos que no fuesen para mirar al balón y desde entonces sólo tuvo ojos para los jugadores que pasaron a sus órdenes.

Llevaba más de cuarenta años sentado en un banquillo y jamás se había sentido cansado de entrenar. Le acaparaban varios títulos y no menos titulares. Su verbo era locuaz y su capacidad de reacción era tormentosa, cada vez que escupía una frase se convertía en portada de periódico. Entrenó a los más grandes y acabó por desertar en sus teorías; definitivamente, al gran jugador no se le puede formar, el talento es innato. Cada una de sus órdenes fue un guiño a la memoria colectiva y cada una de sus decisiones una verdad como un templo. En el campo su equipo ganaba y en el banquillo Juan planeaba cada estrategia como una verdadera batalla campal. La decisión de cambiar a uno u otro jugador no resultaba tan fácil como la de analizar la estrategia del rival. Si cambiaba un ocho por un nueve lo hacía en consciencia de las realidades del partido y si cambiaba un centrocampista por un defensa, quizá fuese porque tener el balón no era tan trascendente como saber encaminarlo. En Juan Castillo siempre existía un por qué, y en cada por qué existía un milagro que lo convertía en un auténtico profeta del éxito.

Y aquella noche, mientras gritaba sus órdenes y la lluvia empapaba su corazón, pensó por vez primera en abandonarlo todo. Y buscando un por qué se encontró con su vejez, que ya le había visitado prematuramente veinte años atrás cuando perdió un título en el último minuto y tuvo que reconstruir cada pieza del partido para encontrar un motivo. Y se encontró con su cansancio, que le comía el alma cada vez que tenía que visitar un nuevo banquillo para hacerse cargo de la voluntad de todos; vencer o nada. Y se encontró con aquella lluvia que le estaba calando hasta el último rincón de su cuerpo. Y recapacitando se encontró de frente con la verdad, la memoria y los años, porque Juan Castillo acababa de cumplir setenta y seis años y hasta aquel día llevaba cuarenta y dos pretendiendo sentar cátedra continua desde los banquillos de la élite mundial.

Ningún momento más duro que aquel en el que tuvo que afrontar una nueva vida en Alemania. Le obligaron a aprender el alemán y el inglés y él, que como conversador le daba tantos motivos de irritación al castellano como para considerarle un aprendiz del coloquio, pasó las de Caín para hacerse entender en el país de los teutones y los coches caros. Pero hizo carrera, oficio y facultades. En Alemania vivió cinco años y entrenó a dos equipos y desde allí pasó a Escocia y tuvo que pelearse con la tradición, eliminó el patadón e impuso el toque, el contragolpe y la cabeza para pensar más que para prolongar. No le resultó fácil, pero de nuevo, acabó imponiéndose a la lógica y volvió a vencer como un Napoleón en racha. Quiso imponer sus costumbres y se encontró de frente con una destitución que llegó cuando las cosas fueron mal dadas y como una saudade que le impedía respirar a cada paso regresó a su país para convertirse en técnico de tercera, de segunda y de primera en tan solo cuatro años de carrera patria. Su discurso más elocuente la dirigió aquel día en el que se encontró de verdad frente al éxito y lo afrontó abriendo los brazos y señalando un punto en el vacío del vestuario: “¿De verdad queréis ganar? Ganar es cuestión de vida, la vida es fútbol y el fútbol es victoria. Jugad al fútbol y os convertiréis en héroes”. Y tanto quisieron ganar sus jugadores que a poco convierten en ridículo el concierto de despropósitos del rival, la goleada ayudó tanto como su ansia por continuar y desde allí pasó a otro club y a otro y a otro y a otro más. Y se encontró, de repente, demasiado mayor para seguir creyendo y demasiado empapado como para seguir sufriendo. Con diecinueve equipos en su currículum de entrenador y recapacitando en sus intenciones sobre si llegar a la veintena la convertiría más en una leyenda o en el mayor bobo de la historia.

Se disimuló a sí mismo y trató de concentrarse en el juego mientras en el terreno sus jugadores no parecían querer tener el día. El barro incapacitaba las ansias y la derrota, esta vez por defecto de forma, se hacía hueco en su alma de guerrero herido. En el banquillo de al lado, un entrenador de nueva generación y porte elegante intentaba convencer a sus jugadores de que ganar pasaba por tener el balón. Juan le miraba de reojo y se sonreía en sus adentros cada vez que comprobaba en sus voces la obsesión por la zona, el orden y la estrategia. Y de repente volvió a verse a sí mismo como el jugador que nunca quiso dejar de ser y mandando al garete cualquier palabra de entrenador que le pidiese algo más de lo que estuviese en facultad de dar. Por ello, cuando se decidió por entrenar decidió que lo primero era escuchar. Y en cada conversación obtuvo convicciones y capacidades, tú, aquí, tú allí y tú para allá, todos los jugadores querían ser entrenados por Juan Castillo porque todos se sentían muy cómodos con Juan Castillo. La vida de entrenador no le fue nada mal y por ello nunca renunció a sus teorías; al jugador lo que es del jugador y al aficionado lo que es del aficionado, balón para uno y goles para el otro. Buscar la felicidad de todos había sido para Juan su primer punto de reflexión, “si me dedico a esto que sea para disfrutar” y Juan llevaba disfrutando durante más de cuarenta años.

Mientras meditaba su adiós una pregunta comenzó a sobrevolar su ego y se salpicó a sí mismo de sus propias miserias ¿Era posible qué hubiese perdido la ilusión por ganar? No, eso nunca. Masculló despacio y se propuso demostrarle al mundo que los guerreros lo siguen siendo hasta el momento en el que mueren, analizó la situación y mientras la lluvia le calaba los músculos decidió que ganar era cuestión de apostar y arriesgó su última carta antes de decidir su propio destino. Ordenó calentar a todo su banquillo y diez minutos después realizó dos sustituciones. Si el extremo no desborda quizá un jugador de toque en el centro del campo venga mejor y si el delantero rápido no avanza porque la lluvia no le deja mejor sacar a un grandote para que las peleé por arriba. Dos soluciones, dos goles y partida ganada.

Pensó, mientras se dirigía al vestuario para recomponerse de nuevo, lo fácil que resultaba ganar cuando las cosas salían bien. Ahora volvió a cruzar la mirada con el entrenador del equipo rival y quiso compadecerle en su interior. “No sabes todo lo que te queda por sufrir, muchacho. Algún día ganarás un partido como este y te sentirás rey de la jungla, hoy te sientes perdedor y me odias, lo sé porque yo también he odiado”.

Y expiando sus pecados se metió en el vestuario para repartir abrazos y felicitaciones. Una vez más, y ya eran muchas, había apostado a ganador y había saldado sus cuentas con el fútbol de por la vía de la victoria. Por ello, por su capacidad, iniciativa y dedicación, la gente le adoraba y el mundo, en general, le respetaba.

En un segundo pasó de la gloria a la nostalgia y sintió la seguridad de que el producto que mayor respeto emanaba dentro de su carácter eran las canas que llevaban años poblando su cabeza. Llevaban años llamándole de usted, pero nunca, hasta entonces se había sentido tan viejo como para plantearse una retirada. Había miles de entrenadores jóvenes, como aquel que aquella noche se había sentado en el banquillo de al lado, que esperaban ansiosos la oportunidad por dar el salto y él, un viejo minado por el negocio, le estaba cerrado la puerta de entrada a una nueva generación. Se preguntó de nuevo si merecía la pena aguantar el frío y la lluvia por un pedazo de éxito y dudó de a cuantas lecciones más llegarían sus pocos años de vida. Decidió que disfrutar era el motivo más sencillo para vivir y, con el gesto indemne por la situación, comenzó a esbozar una leve sonrisa que le colocó en el altar de las viejas glorias ¿Qué más triunfos me quedan? Se preguntó. Y la respuesta quedó tan vacía que hasta él mismo se asustó de sus pocas ganas de seguir instruyendo. Decidió dejarlo y mientras abandonaba el vestuario de su equipo comenzó a echar cuentas sobre su futuro; aquella sería su última temporada y, definitivamente, debería de darle las gracias al fútbol por haberle dado la vida que él siempre había soñado.

martes 8 de septiembre de 2009

El tren descarrilado

No podría iniciar esta nueva etiqueta sobre fiascos de nuestro fútbol sin acordarme de lo mal que lo llevan haciendo los giles desde que, en 1987, engañaron a la parroquia rojiblanca para quitarles un club que siempre había sido suyo.

Entre los muchos malos fichajes que engrosan el currículum de estos veintidós años de oscuridad, resalta el de aquel tipo que nos vendieron como un goleador implacable y se marchó por la puerta de atrás como un tronco de cuidado. Y es que para dominar el arte del delanterocentrismo se necesita mucho más que un cuerpo grandote y un mínimo de instinto.

Adolfo Valencia, al que llamaban “El Tren” por arrasar allá donde pasara, llegó al Atleti rebotado de un Bayern de Munich que, entre incrédulo y recochineante, se frotaría las manos ante el negocio que supuso desprenderse de un lastre y encima recibir dinero a cambio. Aconsejado por el “maestro” Maturana, no tardó en hacerse un hueco en la delantera titular rojiblanca dejando en el banco a hombres como Manolo o Kiko. No le duró mucho el enchufe, en cuanto “El Pancho” voló del Manzanares volaron sus sueños de triunfo. Los de la hinchada rojiblanca ya habían volado nada más verle moverse en sus primeros minutos como titular.

Y es que Valencia además de no tener técnica en el disparo era un tipo insulso que ni aportaba en el juego ni aparecía en desmarques para la definición. Memorable, por no decir bochornosa, fue aquella aparición pública de Gil tras la deshonrosa derrota en las Gaunas gritándole a los micrófonos: “Al negro le corto el cuello. Me cago en la madre que parió al negro”.

Al final salvó el cuello pero no su contrato. Regresó a Colombia y desde allí inició un peregrinaje que le llevó al olvido. Lamentablemente aún hay algunos que no le hemos podido olvidar.

jueves 3 de septiembre de 2009

El rey de copas

En el viejo Buenos Aires, en la confluencia de las calles Victoria y Perú, había una tienda llamada “A la ciudad de Londres”. Con más de cincuenta empleados y muchas ganas de matar el tiempo, los dueños decidieron crear un equipo de fútbol al que bautizaron como “Maipú Banfield”.

Pero eran muchos los empleados que pagaban sus cuotas y solamente unos pocos los que podían jugar el partido de cada domingo. Por ello, y encabezados por el responsable de zapatería, Rosendo Degiorgi, un grupo de empleados se reunieron en secreto en un local del barrio de Avellaneda. Como único tema a tratar se aprobó la escisión del Maipú y la creación de un nuevo equipo totalmente independiente. Como era de suponer, lo llamaron “Independiente de Avellaneda”. Degiorgi, una de las estrellas del equipo, fue nombrado primer presidente y el equipo se estrenó en la tercera división con una humillante derrota por veintiún goles a uno frente a Atlanta.

Por aquel entonces ya existía otro equipo en cuyo nombre llevaba el apellido del barrio de Avellaneda. Se llamaba Racing y con el tiempo lo apodaron como “La academia”. Como todo buen rival, no tardó en sacar chistes a cargo de aquella humillante goleada ante Atlanta y, como el primer choque entre ambos estaba a punto de celebrarse, las vísperas del mismo amanecieron con los murales pintados y los orgullos ensalzados. Junto al campo de juego de Independiente apareció una pintada que rezaba “40-0”, en alusión al resultado que debía darse en el siguiente partido. Pero no fue así. Independiente, que había alegado jugar sin su portero titular el primer partido ante Atlanta, ganó por tres a dos el primer clásico y firmó la primera página de una rivalidad tan ancestral como apasionante.

A medida que el equipo fue ganando en popularidad, la directiva se fue viendo en la obligación de encontrar un nuevo terreno donde albergar sus partidos. Se eligió el campo de “La Crucecita” y, para estrenar el mismo, se concertó un amistoso que terminó en empate a cero frente a Bristol de Montevideo. Como bien se puede imaginar, no fue el resultado lo que hizo que el partido pasase a la historia sino el color de la indumentaria del equipo local. Por vez primera, y ya para siempre, Independiente visitó de rojo gracias a que el presidente Langone se había quedado prendado del equipo inglés Notthingham Forest en su reciente gira por Sudamérica.

En 1911, seis años después de su fundación, el equipo sube a Primera por primera y última vez en su historia; desde entonces es el único equipo, junto a Boca y River, que no ha descendido de categoría hasta el día de hoy. La segunda década del siglo sirve como periodo de adaptación a la élite e Independiente tiene que vivir a la sombra de un gran Racing que lo gana todo. Y es en 1922, con la llegada al equipo de Manuel Seoane, cuando comienzan a vislumbrarse los primeros atisbos de grandeza.

La inolvidable ala izquierda formada por Seoane y Orsi conduce a Independiente a su primer campeonato. Son años de imparable crecimiento y de cambios. En 1923 un incendio destruye el campo de “La Crucecita” y el equipo debe trasladarse a las calles de Alsina y Cordero a un nuevo estadio que el tiempo terminaría bautizando como “La doble visera”. Fue en 1928 cuando Independiente inaugura el primer estadio de hormigón armado de toda Sudamérica. Jamás se movería de allí.

Orsi ya había volado a Italia y el periodista Hugo Marini, asombrado por el juego desplegado, había bautizado al equipo como “Los Diablos rojos de Avellaneda”. Fue en los últimos años del amauterismo, cuando Ravaschino y Seoane ya se habían consagrado y cuando jugadores, directivos, periodistas y seguidores pedían un paso hacia adelante. Entonces llegó el profesionalismo y a Independiente llegó un delantero llamado Antonio Sastre. Él fue, junto a Arsenio Erico y Vicente De la Mata, quien hizo olvidar la marcha de Seoane y puso a Independiente en el podio de todos los records. Aquella delantera sumó quinientos cincuenta y seis goles para los rojos y el equipo salió campeón en 1938 y 1939 anotando doscientos dieciocho goles en dos años.

Solo un año después, Independiente se quedó a las puertas del campeonato pero le quedó el consuelo de una aplastante victoria por siete goles a cero frente a Racing. Fue un consuelo mayor de lo esperado pues el equipo tuvo que esperar ocho años para volver a festejar. Por entonces ya no estaba el infalible Erico y al cerebro Mario Fernández lo había sustituido el gran Ernesto Grillo.

Él fue el líder de la mágica delantera que, en los años cincuenta, maravilló al mundo. En 1953, la selección Argentina forma equipo para varios amistosos y el seleccionador decide poner en punta a Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz; los cinco delanteros de Independiente. Con ellos, la albiceleste gana por vez primera a Inglaterra en el Monumental y, poco después, en una gira por España logra doblegar por un gol a cero a la selección anfitriona y se da un festín en el estadio de Chamartín derrotando por cero goles a seis al Real Madrid.

Son años de pocos títulos pero muy buen fútbol. Los hinchas, apasionados con su equipo, abarrotan el estadio de “El rojo” fijando un record histórico el día quince de agosto de 1954, cuando sesenta y dos mil personas se citaron en las gradas para ver ganar a su equipo por tres goles a uno frente a Boca Juniors.

Llegan los años sesenta y el fútbol argentino siente la fiebre de la internacionalización. Los equipos punteros contratan jugadores extranjeros por doquier y a Independiente llegan una cuadrilla de uruguayos liderados por el arquero Toriani y los jugadores de campo Silveira, Rolán y Vázquez. Con ellos, Independiente vuelve a celebrar el campeonato, poco a poco, va formando un equipo de gran talla a nivel internacional.

En 1964, el Santos de Brasil, liderado por Pelé, rompe una racha de treinta y siete partidos sin perder derrotando a Independiente por un doloroso cinco a uno. Fue sólo el principio de un duelo a tres partidos cuya revancha tuvo lugar unos meses más tarde cuando ambos equipos se citaron para la semifinal de la Copa Libertadores. El Santos, esta vez sin Pelé, cayó eliminado e Independiente accedió a su primera final de un torneo que, con los años, terminaría por consagrarlo como el mejor equipo de Sudamérica. Fue en 1964 y 1965 cuando Independiente ganó sus dos primeras Libertadores y cuando perdió sus dos primeras citas en la Copa Intercontinental ante el inexpugnable Inter de Helenio Herrera.

En 1966 la AFA crea el campeonato Nacional e Independiente es el primer campeón liderado por la inolvidable delantera formada por Bernao, Savoy, Artime, Yasalde y Tarabini. Cuatro años, hasta 1970, tuvo que esperar “El rojo” para festejar un nuevo título. Al Metropolitano de ese año le siguió el de 1971, y es a partir de ese momento cuando el equipo comienza su particular idilio con la Copa Libertadores y su maltrecho peregrinar por la competición doméstica. Así, a cada paso de gigante dado en la máxima competición sudamericana, le seguía un paso de cangrejo en los torneos nacionales.

Entre 1972 y 1975, Independiente gana cuatro Copas Intercontinentales y gana, para su historia, la aparición del mejor jugador que jamás vistió la casaca roja de “Los Diablos”; Ricardo Bochini. En 1973, en Roma, en un partido único por la Copa Intercontinental que se había celebrado en Italia por expreso deseo de la Juventus de Turín, “El Bocha” tiró una pared magistral con Bertoni y definió con sutileza ante el legendario Zoff. Nacía la leyenda de un jugador imborrable y de un equipo al que ya todos conocían como “El rey de copas”.

Hubo de esperar a 1984 para festejar el que sería séptimo y, hasta ahora, último, título de Independiente en la Libertadores. Antes, en 1983, el equipo había festejado doblemente la última jornada del campeonato. Por un lado, porque la victoria ante Racing le sirvió para quedar campeón, y por otro, porque con ella condenó a su eterno rival a la segunda división.

En 1984 el equipo seguía liderado por Bochini y pincelado por Burruchaga, Giusti y Clausen, tres tipos que, junto a “El Bocha”, serían campeones del mundo dos años después con la selección argentina. Cuatro mosqueteros que lideraron el que se llamó “Partido Perfecto” de Porto Alegre. Independiente salió a jugarle de cara al Gremio en el partido de ida de la final de la Copa Libertadores y, tan precisa fue su presión y su constancia que, con el cero a uno final, el público local tuvo que rendirse en una sonora ovación. La vuelta fue un cero a cero sin más historia y con un título más en las vitrinas. Un título que les condujo a Tokio para enfrentarse y ganar al Liverpool con aquel solitario gol de Percudani

Los siguientes títulos locales fueron el campeonato de 1989 y el clausura de 1994. Recordado especialmente este último por ser la primera vez que los dos equipos con aspiraciones al título se enfrentaban entre sí en la última jornada. A Huracán le valía el empate e Independiente necesitaba una victoria que logró gracias al gol de “El avioncito” Rambert. Aún recuerdan en Avellaneda la sociedad que este delantero, vendido a Italia por un buen puñado de dólares, formó con Gustavo López.

Pocos meses después, “El rojo” ganó la Supercopa Sudamericana y llevó con ello, a su palmarés, el único título que faltaba en sus vitrinas. A este título se sumó la Recopa Sudamericana de 1995 tras derrotar al Flamengo, en lo que significó el último título internacional de un equipo que, aquella tarde, terminó dando la vuelta de honor en el mismísimo estadio de Maracaná.

El nuevo siglo se encontró a un equipo roto por su historia y por sus propias urgencias. Agarrado a la esperanza que significaron futbolistas como Bruno Marioni, Esteban Cambiasso, Gabi Milito o Diego Forlán, tuvo que sacrificar sus sueños para ver como, en 2001, su gran rival Racing festejaba el campeonato después de treinta y cinco años. Fue una época de desidia que terminó el año siguiente cuando, con Américo Gallego en el banquillo, el equipo ganó el que, hasta hoy, es su último campeonato. Aquel gol de Pusineri ante Boca en el último minuto del penúltimo partido ha significado el último gran grito de alegría de una hinchada que un día animó al mejor equipo del mundo y hoy visita, cada domingo, la caída en picado de un rey sin copas.

Después llegó Agüero, su venta y la construcción del nuevo estadio. Llegarán más partidos, más esperanzas y más recuerdos, y para siempre quedará grabado en fuego la memoria de un equipo que nació en una tienda y que se resiste a morir en un barrio que sigue latiendo al ritmo del gol de dos equipos que siempre caminarán unidos pero jamás se darán la mano.

domingo 30 de agosto de 2009

Sábado internacional

A medida que el mundo de las comunicaciones se va globalizando y la tecnología nos va facilitando el camino hacia nuestros sueños, vamos buscando atajos hacia la satisfacción y, en la orilla de nuestro aprendizaje vamos guardando páginas de interés y lugares donde sabremos volver para recuperar nuestros despertares furtivos.

A los que amamos el fútbol y durante años estuvimos soñando con absorberlo todo, el mundo de internet nos empieza a sonar a gloria bendita. Por ello, mientras sigo convenciendo a Sagrario para abonarme a un operador de cable y mis súplicas siguen cayendo en duda esperanzadora, debo seguir buscando en la red el mejor motivo para seguir informado. Y en primer lugar encuentro los blogs, magníficos espacios de reunión donde un puñado de chiflados como yo se reúnen para ponerme al día de todo lo que quiero saber. Y en segundo lugar están los programas para ver fútbol por la red, y a medida que voy dejando sin espacio al disco duro de mi ordenador, voy ganando en locura pues ya no me quedan ventanitas con las que ir alternando mi ansia de visionado.

Por todo ello y gracias a ello, me resultó imposible dejar pasar una jornada como la de ayer en la que pude aclarar varias de mis dudas y pude ir haciéndome una idea de lo que nos espera en esta temporada en la que los dos gigantes de nuestro fútbol serán los auténticos ases a derrocar.

En Inglaterra vi un Chelsea distinto al de años anteriores. Distinto porque sigue manteniendo la solidez que antaño le hizo ganar fama de equipo rocoso y sospechosamente aburrido, pero ahora hasta tiene atisbos de buen fútbol, y eso que la temporada no ha hecho sino empezar. Con un centro del campo de bastante nivel, donde dos veteranos de postín como Ballack y Deco siguen esperando aportar su cátedra desde el banquillo, fía su empuje de velocidad de crucero a una pareja de delanteros aterradora. Ayer, al tran tran particular de los equipos que llegan lejos, aniquiló a un Burnley que salió respondón y se marchó resignado.

Tras los blues hicieron acto de aparación los rojos de Liverpool. Más allá de las dudas que estén levantando al principio de esta temporada, locierto es que en las adversidades siguen buscando la portería rival con orgullo. Cierto es que debe corregir demasiados errores, como la descordinación defensiva y el estado de nervios en el que parece estar sumido su alma máter Steve Gerrard. En un partido que, por sus propios errores, terminó poniéndose cuesta arriba, acabó remontando gracias a su mayor empuje y al miedo de un Bolton que terminó en su área con un hombre menos.

Aunque menos aún me gustó el Manchester United. Cierto es que ganó, pero lo hizo con esa suerte tan característica que suele sonreir a los equipos campeones; esa que dice que se ganan los partidos que se merecen y los que no se merecen también. Si tenemos en cuenta el error clamoroso de Van Persie con cero a uno en el marcador, el piscinazo de Rooney en el penalti que precedió al empate y en la absurdez de Diaby cuando no tenía ningún rival que le acosase, podemos decir que el Arsenal regaló un partido que, en condiciones normales, debió haber ganado y debió haberle servido para acallar todas las dudas que hoy vuelven a cernirse sobre la bisoñez de un grupo que, dicen, cada vez está menos preparado para los grandes compromisos.

Más allá de las islas se jugaron dos partidos de esos que dilucidan el valor de promesa de los que verdaderamente aspiran y los que no tienen nada. En este último grupo se encuentra el Milan, acomplejado por una plantilla demasiado trillada y poco competitiva y, ayer, humillado por un Inter que, casi andando, le dejó bien claro a su vecino que de un tiempo a esta parte las aguas del Olona han cambiado su cauce. Hoy, la ciudad de Milán sonríe en azul y negro con un equipo donde se ve el sello de Mourinho; poca concesión al rival, protagonismo de los laterales, nada de extremos, mucha fuerza en el centro del campo y juego rápido hacia los delanteros. Interesante sociedad la que pueden formar Milito y un Eto'o que, creo, no tendrá la misma influencia en el juego del Inter como lo tenía en Barcelona. Ante un Milan demasiado infértil, diezmado con un Gattuso que fue expulsado por su desquiciamiento y por verse obligado a tapar fuegos lejos de su zona, el Inter demostró solidez y mucha pegada. Me gustó Snejder y me gustó Motta, ese futbolista que hace poco más de un año los visionarios dirigentes del Atlético de Madrid dieron por inútil para la práctica del fútbol. Para hoy queda un interesante Roma – Juve en el que los bianconeris deben demostrar que este año son la alternativa más seria para derrocar el reinado interista.

Y por último viajé a Alemania. Es cierto que al Bayern de Van Gaal le queda mucho, pero ayer pudimos percibir algo de sus pretensiones. Al equipo más grande de Alemania le va atraer jugar con extremos, lejos de los cánones clásicos de Baviera y más cercano a las pretensiones del afamado Louis. Así, con la entrada en el equipo de Robben y si consiguen mantener a Ribery, pueden convertirse en un equipo interesante siempre y cuando corrijan los verdaderos problemas que tienen en la creacción y, sobre todo y según se vio en partidos anteriores, en una defensa a la que aún le queda mucho trabajo.

martes 25 de agosto de 2009

Mágico

Había un tipo descuidado y desgarbado con una camiseta amarilla. A simple vista no parecía un buen futbolista y, si apurabas el análisis, ni siquiera parecía un futbolista. Podía confundirse con cualquier vividor de paseo marítimo y bohemio de noches de luna llena. Y el caso fue que le gustó la noche, la luna y el mar. Y el caso fue que resultó ser un futbolista como pocos, un mago de media tarde y un sueño bendito de media noche.

Los hombros bajo la línea del cuello, la velocidad escondida en la desidia y la fuerza de los que sacan la azada a pasear, obviada en el innato asombro de su talento. Lo suyo eran las tardes de sol y sombra, la puerta grande del Carranza y los detalles visibles, aplaudibles y mágicos.
Así le llamaron; mágico por los trucos que guardaba bajo la chistera de sus botines de futbolista, mágico porque en cada aparición lograba que el sol brillase con ímpetu sobre los delirios de las playas de Cádiz. Una ciudad puesta en pie y un tipo inolvidable. Un jugador de esos que, cuando se van, dejan la sensación de que el alma vivirá para siempre sumida en la cueva nostálgica de lo irrepetible.


viernes 21 de agosto de 2009

El gol del ascenso

Durante muchos años nos pasamos recordando gestas implacables y momentos gloriosos de nuestro fútbol más memorable. Repasamos los momentos clave y no tardamos en identificar cada triunfo con un héroe concreto. A menudo, tendemos a olvidar que un instante o unos días antes, otro hecho, menos importante en la historia definitiva, encarriló la subida hacia el cielo de todas nuestras pasiones. Como el gol de Bakero en Kaiserslautern o el de Iniesta en Stamford Bridge.

Incluso hay tipos mucho más olvidados. Jugadores anónimos que, en un gesto y un remate hacia el destino, son capaces de reescribir la historia aunque después sea la historia la que se encargue de borrarles a ellos.

Garikoitz Uranga es un futbolista de perfil bajo, poca repercusión y sin calidad suficiente como para hacerse un hueco en la élite de nuestro fútbol. Y sin embargo, él escribió una tarde de mayo uno de los renglones más importantes de la reciente historia del Getafe. Corría el minuto ochenta y cinco de un partido trabado, el Eibar había empatado a uno y se encerraba en su área defendiendo su botín (y probablemente su prima) como gato panza arriba. Gica recogió un balón en la esquina del área y puso un centro de esos que, por ser una pieza de arte, son imposibles desperdiciar. Allí apareció Gari para cabecear a la red y situar al Getafe en la segunda posición de la tabla clasificatoria a sólo una jornada del final.

Después llegó la goleada en Tenerife y al pobre Gari le fueron olvidando las tertulias de sobremesa a medida que el tiempo ensalzaba a Pachón como el “héroe del ascenso”. Son las villanías de la desmemoria. Ninguno de los dos triunfará en el fútbol de élite y los dos seguirán curtiendo sus piernas en campos semivacíos, pero a uno le sonreirá la historia y al otro se lo llevará el olvido.


lunes 17 de agosto de 2009

Sin carrerilla

Ahora que el plazo del mercado de fichajes apura su límite, viene a la memoria uno de esos fichajes de última hora que, por fuerza y “gracia” del talonario revolucionan los titulares, iluminan las sonrisas de los ganadores y hacen torcer el gesto de los indefensos.

Corría el último día de agosto de 1997 cuando Núñez, acorralado por el barcelonismo después de vender al fulgurante Ronaldo al Inter de Milán, sacó la chequera y pagó la cláusula de rescisión del mejor jugador del Deportivo La Coruña. El Dépor se quedó sin la piedra angular de su proyecto y el Barça ganó un tipo que entendía el fútbol de una manera muy distinta a la de su nuevo entrenador, Louis Van Gaal. Nació así una intensa relación de poco amor y mucho odio en el que un entrenador ponía a su jugador más decisivo pegado a la banda izquierda y su jugador más decisivo terminaba jugando por donde le daba la gana.

Entre los ciento siete goles que marcó en sus seis temporadas en España, queda el recuerdo de medio centenar de tantos espléndidos; de tijera, de cabeza, de falta directa, de penalti y hasta desde el centro del campo. Como aquel día en el Vicente Calderón cuando el estadio rojiblanco se vistió de gala para despedir a José Luis Pérez Caminero. Aquel fue un partidazo del Vieri y el último de Radomir Antic en su primera, y más gloriosa época, al frente del Atleti. Mediada la primera mitad, Rivaldo agarró un balón sobre el círculo central y, sin aparente esfuerzo, le marcó este gol a un Molina que solo tuvo la opción de mirar como le retrataban en una obra de arte.


martes 28 de julio de 2009

Cambio de cromos

Recuerdo que, cuando de pequeño, coleccionaba cromos, sentía una emoción inmensa cada vez que descubría la estampa de mis jugadores favoritos una vez había roto el sobre. Como niños sensorialmente moldeables que éramos, jugábamos a ser el mejor jugador de la liga con una pelota de reglamento descosida y dos chaquetas en el suelo a modo de portería. Pasaban las temporadas y nuevos y relucientes fichajes asomaban por las últimas páginas del álbum, en su pose de prometedor ilusionista del césped veíamos un nuevo motivo para arrancar un duelo al sol de media tarde y una nueva muesca en el olvido hacia los ídolos anteriores. Era el poder irrebatible de la novedad, el fichaje nuevo que nos hacía olvidar al anterior, la arrogante sensación de tener entre las manos a la figura del futuro.

Cuando el Barça fichó a Eto’o aún era un equipo medio a la deriva que se agarraba con uñas y dientes al poder mágico de un Ronaldinho eclosionante. Contaba con los dedos de una mano las temporadas en blanco y Laporta vivía su primera reválida de verdad auspiciando éxitos con el dudoso Rijkaard en el banquillo y un par de chavales de la cantera en la capitanía. Llegó Márquez y apuntaló la defensa, llegó Deco y propició el manejo de los tiempos, llegó Eto’o y todos aquellos goles que habían quedado en el limbo regresaban al cajón de las celebraciones más entusiastas. El Barça volvía a ganar y volvía a recuperar el estilo. El Camp Nou volvía a postrarse.

Llegaron entonces los días de los coleccionistas de cromos. Quien adoraba a Eto’o le situaba en el altar de las consagraciones deportivas. Hubo quien pidió para él Balones de Oro que se ganó en el campo y perdones velados por lo que se iba ganando fuera de él. El chico marcó un gol en la final de la Copa de Europa y el mundo dejó de acordarse de aquellos días recientes en los que el equipo hilaba pero no apuntillaba. Eto’o y Ronaldinho eran la nueva gloria del barcelonismo.

Como no existe otro equipo tan propenso a desfigurar a sus mitos como lo hace el Barça, los coleccionistas de cromos no tardaron en romper el cartón de Ronaldinho una vez que comprobaron que el brasileño se había bajado del pedestal del cielo para irse de fiesta a los infiernos. Y como en las escaramuzas el equipo perdió ligas y respeto, a los compra sobres les cansó el estigma polémico del hermano Eto’o. No tardaron en pedir su cabeza y buscar en el sobre un nuevo fichaje que pegar en las últimas páginas de su álbum.

Resulta que el chico siguió marcando goles como quien pega estampas en un papel pero el cromo ya estaba bastante manoseado. Dejó treinta goles en una liga irrepetible y nuevo gol en una final de ensueño ante el Manchester United, pero hacía tiempo que era un rey muerto y el populacho ansiaba con ganas proclamar de nuevo un “Viva el rey”.

Y el populacho ya tiene su rey. Un nuevo cromo flamante y espectacular. Un fichaje de esos que, cuando lo conseguías, te temblaba la mano a la hora de poner el pegamento. Ibrahimovic es técnica e imaginación envasados en un musculoso cuerpo de dos metros. Un jugón de los que levantan estadios y hacen soñar a los coleccionistas de ilusiones. En sus sonrisas de ayer pudimos descubrir la ilusión de un tipo que viene a España a disfrutar del fútbol y en la sonrisa de los presentes pudimos descubrir la satisfacción de quien sabe que ha roto un cromo y ha regresado a casa con un nuevo fichaje en el interior del sobre.

Que nadie se engañe, pasarán los meses y el cromo volverá a estar obsoleto. El camerunés seguirá marcando goles y la gente seguirá, nostálgica, observando aquellos viejos álbumes en los que un tipo negro celebraba goles con los ojos en blanco. El álbum del presente será mucho más espectacular y divertido, el nuevo fichaje dará colorido y motivos para presumir, yo como coleccionista de sueños, seré el primero en encender el álbum colorido de mi televisor para verle inventar en su página de sueños, pero aquellos goles del cromo que nos abandona quedarán para siempre presentes en el cajón de las celebraciones más entusiastas.

martes 21 de julio de 2009

La alegría del pueblo

Quizá el tiempo no sea más que un filtro para los más osados, puede que no sirva tanto de aprendizaje como de baúl constante de recuerdos, puede que más allá de los logros se sienten los pequeños momentos o que estos se vean acrecentados con el toque sutil de quien sabe contarlos porque en cada anécdota de boca en boca nacen las leyendas y cuando los hombres mueren, en la mayoría de las ocasiones, es cuando nacen los mitos.

En el fútbol, los héroes de hoy son aquellos señores de mirada inquietante, dientes apretados y medias altas que celebran un gol consigo mismo como si en su último golpeo hubiesen redimido todos sus retos. Hubo tiempo en el que los héroes también eran de trapo y jugaban con la sonrisa puesta, ejemplo palpable de que el amor por el juego iba por delante del amor por el dinero. Si hablásemos de héroes torturados, cómicos de pelota cosida y piernas de bufón, sería imperdonable que nos olvidásemos del gran Mané Garrincha.

Como un niño que analiza con incredulidad su último regalo de reyes, Garrincha miraba cada tarde la pelota sabiendo que dentro del campo sería por siempre su más leal compañera. Con sus pies de goma torcida, si espalda arqueada y su mirada de niño malo, embestía de un lado a otro engañando al defensa en cada amago. De dentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, una y otra vez, en la arrancada dejaba el aroma intacto del fútbol de callejón y descampado, como cuando era un niño y los chavales de su barrio le perseguían como locos, la hinchada de Botafogo celebraba alborozada cada regate porque cada quiebro era el preludio de una clara ocasión de gol.

Le apodaron Garrincha por un pájaro feo que anidaba con soltura sobre las ramas frondosas que adornaban los jardines vecinos. Como él, el pequeño Mané caminaba con desgarbo, como si de un payaso de circo se tratase; una inoportuna poliomielitis le había deformado las piernas y la espalda y hubo de sobrevivir, durante muchos años, sabiendo que ni los más crédulos eran capaces de verle vestido de corto dentro de un campo de fútbol.

Con su columna desviada, sus piernas arqueadas y sus pies torcidos, manejaba las telas del almacén textil en cuya cancha improvisada dio sus primeras lecciones como semiprofesional. Recomendado por astutos aficionados al partido de los domingos, recorría las canchas de entrenamiento de los mejores equipos de Río y en cada una de las líneas de cal recibía el mismo “no” por respuesta.

Hasta que llegó el día en que probó en Botafogo y el capitán Nilton Santos replicó al técnico que le hizo la prueba; “Nos lo quedamos”. Y en aquella frase nació la leyenda del tipo de pies de trapo y corazón de peluche. Los estadios, acostumbrados hasta entonces a la monotonía de un juego sin iniciativas, comenzaron a llenarse para ver jugar al joven Garrincha. Alborozados, los hinchas de Brasil no tardaron en aclamarle como héroe popular y la prensa comenzó a bautizarle como “La alegría del pueblo”. No había partido que jugase Garrincha y que acabase sumido en la nada.

Desde entonces jugó más de quinientos partidos con Botafogo y medio centenar de encuentros vistiendo la amarelha de Brasil. Ganó dos mundiales y solamente perdió un partido. Fue el día que los portugueses ajusticiaron a Pelé y Brasil perdió el crédito de los sueños imperecederos. Aquel día murió una generación y nació una nueva llena de tipos que habían crecido mirando como Garrincha inventaba quiebros, amagos, disparos y goles de fantasía.

Tras aquella aventura inglesa y cuando su palmarés reflejaba más gloria que desencanto, el chico de la mirada perdida, ya convertido en hombre de frases incongruentes, decidió operarse las rodillas y en su peregrinaje por los quirófanos se dejó la magia, el contagio y las sensaciones de domingo inolvidable.

Botafogo le despidió cuando comprobó que su velocidad ya no era la de una gacela, los equipos de Brasil por los que pasó terminaron por señalarle con el dedo como culpable de sus desgracias y en sus andanzas por el mundo no encontró un lugar donde regresar a los días de vino y rosas.

En sus noches de soledad devoraba botellas de alcohol y en cada mirada distraída abría la puerta para que una nueva mujer se adentrase en su vida. Las fue abandonando a todas igual que lo hizo con consigo mismo. Y al tiempo que fue olvidándose de lo que un día fue, el pueblo, aquel de cuya alegría se hizo partícipe en sus regates, también fue olvidándole hasta dejarlo morir en una esquina, con el hígado destrozado y una botella de alcohol en las manos, como la última imagen de un héroe desterrado por sus propias miserias.

En los lamentos de cada brasileño pudo leerse el arrepentimiento de quien sabe que dejó morir a un tipo inolvidable. Nadie se hizo más mal que él mismo; “Yo no vivo la vida”, había dicho, “la vida me vive a mí”. Y le vivió hasta que se ahogó en sus mejores recuerdos. Del extremo derecho imparable ya no quedaba nada y aún así todo Río de Janeiro salió a la calle para darle un último adiós.

Murió el hombre y nacieron las leyendas. Muchas de ellas le vistieron de hombre infantil con cerebro retrasado. Quizá no fue el tipo más lúcido, pero tampoco el más ignorante. Le exprimieron cuanto pudieron y la última gota de jugo fue apurada por sus propios lamentos. Fue feliz mientras quiso y eso es algo que ni los más acaudalados, los más inteligentes y los más precavidos son capaces de lograr.