jueves, 9 de octubre de 2014

El tiempo entre facturas

El trabajo es una bendición para quien quiere sobrevivir en una época en la que el pan se paga en contratos basura y la sonrisa de un niño cuesta doce horas diarias fuera de casa. Para quienes buscamos un hueco para contar lo que pensamos y compartir lo que sentimos, el tiempo vale lo que una pepita de oro para un ávaro buscafortunas.

Mi tiempo, el que paso entre factura, me indispone a la hora de actualizar mis bitácoras. Nada me gustaría más que poder escribir sin parar en cada uno de mis mundos y poder contar todo lo que quiero y lo que creo, pero ocurre, en demasiadas ocasiones, que mi condición de superviviente me obliga a beber el caldo y dejar a un lado las tajadas. Efectos colaterales de un mercado laboral que nos ha convertido en esclavos del capricho ajeno.

Desde que no puedo actualizar mi bitácora he dejado de rendir homenaje sincero a todas aquellas estrellas que dejaron la tierra para irse a brillar en nuestro recuerdo. En ocasiones, la vida es tan evidentemente cíclica que nos hace olvidar que los días se agotan y las personas terminan por apagarse. Cuando se apaga la luz de alguien que nos ha hecho soñar y cumplir nuestros sueños es cuando nos damos cuenta de que todos somos carne y hueso y que al final, lo que queda, siempre es la memoria.

Se nos marchó Eusebio y el cielo se tiñó de gris. Benfica se asoció para siempre a su figura; aquellas finales ganadas vestido de rojo carmesí y aquellas finales perdidas vestido de blanco. Aquel día que el blanco fue rival y anotó dos goles consecutivos para decirle a Puskas que sí, que él era un genio del disparo pero que aquella final era su carta de presentación y no pensaba saludar al mundo simplemente para decir hola y marcharse cabizbajo por la puerta de atrás. Desde entonces creció como futbolista y se mitificó como un adorable perdedor. Siempre la mano abierta para el saludo, aun cuando la lágrima está apunto de aparecer por el rabillo del ojo. Aquel mundial del sesenta y seis en el que sucumbió ante Charlton y aquella final de dos años después en la que Wembley, de nuevo, fue testigo de su caída ante Sir Bobby. Hay historias tan grabadas a fuego que identifican a un club con un único personaje. El Benfica es Eusebio y como tal permanece intacto el recuerdo de sus goles y su imagen, clavada en el suelo, en forma de estátua, en una plaza, junto al Estadio Da Luz. El gesto adusto y el reflejo claro de quien vivió como un Dios pegándole fuerte a la pelota.

A Lisboa viajó el Atleti para redimir todo su pasado con el recuerdo de aquella final del setenta y cuatro cuando Luis había clavado una falta en la escuadra de Maier. Pero al igual que había hecho el Benfica una semana antes frente al Sevilla, el Atlético tampoco supo regalar al recuerdo de su mejor jugador la conquista de un título que habían merecido por empeño. Benfica y Atleti regalaron la liga a título póstumo a sus dos más grandes leyendas y en ambos sobrevivió el aura de quien supo retener un estilo. Lo que el Atleti heredó de Luis fue el esfuerzo, el coraje y el saberse mejor en los momentos más difíciles. Igual que hizo aquella selección en la que nadie creía, este equipo rescatado por Simeone rindió pleitesía a su héroe en los cielos en forma de coraje y corazón. Un himno resonando en el eco del Calderón y un futbolista con el número ocho que había estrenado aquel marcador por vez primera. El fútbol de siempre en los corazones rojiblancos de toda la vida.

Si un equipo lloró derrotas durante la pasada temporada, fue el Fútbol Club Barcelona. Aquejado por la depresión que sumió a Messi en la sombra, el equipo se fue apagando con los meses hasta convertir a Martino en el pim pam pum de la crítica adjunta. El famoso entorno encontró al culpable y cuando quisieron encontrar la sombra del ciprés encontraron la pérdida de quien había su totem durante sus años más gloriosos. El puñetero cáncer nos privó de un gran entrenador y se llevó a una persona que intuíamos como sensible y audaz. Dicen que nadie se marcha si permanece su recuerdo y nadie olvidará jamás aquel Barcelona de los cien puntos en el que Tito navegó la nave como patrón o aquellos años en los que, como contramaestre, aportó su ideario a una gestión que llevó a su equipo a convertirse en el modelo a seguir. Los que vimos a aquel Barcelona podemos reconocer que nunca habíamos visto una cosa igual que probablemente nunca volveremos a verlo. Y ahí estaba la mano de quien decían que era un segundo de a bordo y en realidad era un Coronel con muchos galones.

El último en marcharse fue el más grande. Como si de un homenaje previo se tratase, el club al que convirtió en santo y seña del fútbol mundial, le conmemoró con la conquista de la décima copa de Europa, dejando claro que en su identidad con cabe la palabra derrota. Cuando Di Stefano llegó a Madrid, el equipo blanco era comparsa que perseguía la gloria de los equipos del norte. En la propia capital, era el Atlético quien se rearmaba con goles de cristal. Cuando se marchó, el Real Madrid no era solamente el mejor equipo de España, sino que era el mejor equipo del mundo. Y así ha sido desde entonces. Desde la llegada de la Saeta Rubia, descalabrados sonados mediante, el Bernabéu solamente ha concebido el verbo ganar. Muchas veces sin juego y otras volando como un cometa, el Madrid lo ha ganado todo y si sigue teniendo hambre es porque un día llegó un señor calvo y pinta de exfutbolista que enseñó al mundo que el fútbol era más que un juego.

La vida y el fútbol vuelan a una velocidad tan interestelar que solamente somos capaces de apreciar el presente y, si acaso, soñar con un futuro. La portada, el gol, la promesa. Pero el fútbol de hoy es un fenómeno de masas gracias a que tipos como Eusebio, Luis y Di Stéfano se propusieron dar un paso hacia adelante y gracias a que tipos como Vilanova quisieron jugar con la audacia para revolucionar el juego. El carrusel seguirá girando pero conviene no olvidar. Siempre se sabe mejor hacia dónde se va si se conoce el lugar del que se viene.

jueves, 18 de septiembre de 2014

O Rei



Jugaba en un campo de piedras con una pelota de trapo. Los pies descalzos, la tez morena desafiando al sol y las piernas, como plumas, desafiando a la gravedad. Saltaba por encima de los niños mayores y corría más que los más altos. No era fuerte, pero era listo. Y era muy hábil. Su padre hubiese querido que saliese goleiro, como él, pero el niño salió atacante y no fue un atacante cualquiera. Fue el hombre que puso a Brasil en el mapa de los campeones. Un día fue el niño que lloró el maracanazo y pocos años después fue el adolescente que humilló a Suecia en pleno corazón de Estocolmo.

Le llamaron "O Rei" porque pasó de infante a monarca sin reclamar un solo principado. Conquistó estadios a base de goles y en el estado de Sao Paulo colocó en el mapa una ciudad llamada Santos que le beatificó en vida por los siglos de los siglos. Aquella delantera mágica formada por Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe, se hizo dueña de América y arrasó en el mundo en giras interminables como una compañía de circo que mostraba las fieras más indomables.

Al más indómito de todos quisieron enterrarle antes de tiempo. Cayó Joao Saldanha por despecharle y Zagallo confió en él para dirigir las huestes en un caluroso verano mexicano. Aquel equipo de cinco dieces deleitó al mundo de tal manera que aún hoy hay que rebuscar en la memoria gráfica de muchos medios para encontrar un equipo tan estéticamente perfecto. Aquel salto sobre Burgnich aún perdura en el recuerdo de quienes vieron aquella final en multicolor y no en pocas ocasiones somos el resto de románticos quienes buscamos en la red el portentoso remate que abrió la lata ante la rocosa Italia.

Se alejó del ruido para convertirse en estruendo. Cuando llegó a Nueva York, sorprendentemente, casi nadie le conocía, pero le faltaron unas pocas semanas para convertirse en semidios. Para entonces ya era más un producto que un futbolista, pero en aquel campeonato recién parido, contaban más los detalles que los resultados y, técnicamente, Pelé era un dechado de virtudes. Tras muchos goles y varias fotos en las que la estética le ganaba a la práctica, dejó el fútbol para seguir siendo millonario. Con un saco de mil trescientos goles a las espaldas, se quitó la camiseta con el número diez para trasladar su imagen a los museos de la postmodernidad. En Brasil nacieron un centenar de futbolistas realmente brillantes, pero sólo Pelé brilló tanto como para apagar las lágrimas negras de un fracaso que había enquistado a un país una tarde de verano de 1950.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La soledad del portero



La vida del portero se analiza más en los goles recibidos que en las paradas realizadas. Cada parada es una oportunidad más para la victoria y cada gol es una oportunidad menos. Una parada no cambia nada y un gol lo cambia todo. Una parada es una ovación y un gol es una losa. Para que un portero termine convirtiéndose en héroe debe esperar a una tanda de penaltis.

Y en esas andaba entonces el protagonista de esta historia. Se llamaba Ramón y de primeras, el propio nombre le sonaba tanto a común como lo era su capacidad de salvador. Ramón era un portero normal, con una pizca de instinto para los lanzamientos y un poco de cabeza para la colocación. Nunca había sido un héroe y estaba ante la oportunidad de serlo.

De reserva sin aspiraciones había pasado a titular indiscutible en sólo dos semanas. Dos lesiones, y la oportunidad de su vida se abrió ante sus ojos; el primer portero se había roto la mano y él, que hacía tiempo que andaba con el alma rota por la suplencia, se había encontrado cara a cara con el destino. Su última parada había acabado en un rechace a pies de un delantero rival y en un gol sin concesiones. Era posible que el destino hubiese reservado para él una página mucho más gloriosa que la que le podía reportar cualquier parada en cualquier prórroga aun siendo imaginaria. Cuando los ciento veinte minutos del final de la Copa llegaron a su fin, inmediatamente supo Ramón que había nacido para vivir aquel instante. Sus primeras paradas bajo el sol de su barrio y sobre la dura piel del asfalto, las recordaba ahora como un desafío a igualar. De familia humilde y corazón emprendedor, había decido ser portero después de ver a ídolos de color volar para guitarle el polvo a una escuadra y mandar el balón al limbo de las oportunidades perdidas.

Su carrera se dibujaba en altibajos y sus titularidades siempre le habían costado más que cualquier parada. Debutar en la Primera División le llevó veintidós años de su vida y fichar por un equipo de empaque un total de veintiséis. Si sumaba los años que le había costado ganar un título se santiguaba al pensar que había pasado veintiocho años buscando un sueño y que en su búsqueda había dejado atrás una infancia y una juventud restregadas por los suelos de los campos de fútbol.

Y entonces, un año más tarde y con veintinueve años en el carné de identidad y más de un millón de paradas en el currículum, afrontaba la tanda de penaltis más importante de su vida. Era como saberse protagonista y no creer en serlo, porque él, Ramón, portero y trabajador, nunca había querido acumular la gloria de sus paradas ante los ojos del público, si alguna característica que hubiese de convertirse en virtud le adornaba, esa era la humildad, pues para él nunca había habido un jugador sin un equipo, para él no existía un gran portero sin una gran defensa y para él no se podría salir invicto de una tanda de penaltis si no acompañaba la suerte.

La suerte. Él, supersticioso en el límite y soñador frustrado por su propia convicción, siempre había creído en la suerte como factor determinante de la vida. Nunca quiso ver gatos negros en sus paradas ni espejos rotos en sus decisiones, estaba convencido de que tentar a la suerte era tentar al pecado y que guardarse de llorar, las más de las veces, prevenía más de los fracasos que de las victorias. Cuando se encontró con su primera titularidad de verdad, le dio gracias a la vida y se convenció a sí mismo de que le había llegado su momento para demostrarle al mundo si de verdad la suerte estaba con él o si por el contrario, estaba dispuesta a darle la espalda.

Aquella final de la Copa la había afrontado en plenitud de ganas. Ante cualquier circunstancia, él siempre decidía reír, porque para llorar, como solía decir, siempre había tiempo. A su equipo le había caído en suerte (siempre la suerte revoloteando como una tentación) ser el primero en lanzar en la tanda de penaltis. Cuando vio a su compañero Luciano, con el número cuatro en la espalda, central exquisito y mejor persona, tomar la carrerilla, sintió la total seguridad de que aquel lanzamiento se iba a convertir en el primer punto a favor en la tanda. El gol supuso un alivio y una primera batalla ganada dentro de aquella guerra a diez lanzamientos.

Era su turno. Ramón siempre había afrontado cada penalti como un duelo de miradas. Si mantenía la vista firme y el cuerpo equilibrado, era posible adivinar la dirección del lanzamiento. Si se dejaba vencer por el engaño y por la bravura del lanzador, entonces no le quedaría otra que acudir a la red a recoger la pelota. En los ojos de su rival no percibió más que dudas y aquello acrecentó su ánimo. Se colocó sobre la línea de portería y bajó los brazos, esperó al silbido del árbitro y siguió esperando el momento decisivo, vio la carrera de su rival y esperó un poco más. El lanzador miró hacia el frente y chutó fuerte. Ramón esperaba un lanzamiento más colocado, se tiró bien en busca del balón pero el rival le había dado altura y lo había ajustado bastante. No llegó. Empate a uno y vuelta a empezar. En sí mismo supo que nadie le iba a culpar si no detenía ningún penalti, pero sus hechuras de héroe en aquellos minutos en los que soñar costaba tan poco como probar a alcanzar la gloria, no se iba a resistir a marcharse de allí sin detener al menos un lanzamiento.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar también anotó, por lo que le puso de nuevo en situación de alcanzar la gloria en la punta de sus guantes. Volvió a mirar y volvió a aguantar, pero esta vez tampoco pudo detener el disparo certero de su rival. Si seguían lanzando tan fuerte y ajustado le iba a resultar un ejercicio imposible el de convertirse en héroe de aquella final.

Recogió el balón para entregárselo al portero rival y entonces descubrió en su mirada el mismo miedo que quizá a él también le inundaba el ánimo y aquello le produjo un escalofrío terrible que le recorrió el espinazo como una hoja de navaja helada. Ambos eran rivales y a la vez compañeros porque solamente en aquella mirada había encontrado el eterno secreto de la comprensión y supo que no estaba solo en el mundo. Le compadeció sin darse cuenta de que al hacerlo también se estaba compadeciendo a sí mismo y con ello estaba poniendo su futuro en manos de un destino en el que nunca creyó, porque él solamente creía en la suerte, en los días y en la esperanza.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar era Nebinho, era brasileño y era muy bueno. Había cuajado un gran partido y ahora estaba en disposición de rematarlo con un nuevo pasaporte hacia un sueño. Recordó, al tiempo que maldecía su instinto por recordar, aquella frase sentenciadora de su abuelo cada vez que se destapaba la emoción en una tanda de penaltis: “el jugador que hace un gran partido siempre falla su penalti”. Nunca detestó tanto el ejercicio de concederle la razón al bueno de su abuelo. Nebinho puso el balón en las nubes y las ilusiones se desplomaron en el suelo. Por primera vez en toda la final había llegado su turno de verdad.

Imaginó mil veces una estirada y dudó entre jugársela o aguantar. Cuando el miedo te acorrala resulta muy difícil decidirse y cuando Ramón vio la carrera frontal de su rival decidió jugar a las adivinanzas y creyó intuir que el disparo viajaría hacía su izquierda y hacía allá se lanzó, pero la fortuna no quiso sonreírle esta vez y se lamentó por cometer el pecado que tanto odiaba y que era el de tentarle a la suerte. El balón viajó despacio y templado hacia el centro de la portería para hacerse allí un hueco en la red y una extensión en el ánimo de los jugadores rivales.

Perdían. Por primera vez en la noche estaban perdiendo la final. El siguiente lanzamiento resultaba pues, además de crucial, un último motivo para seguir agarrado a un sueño. Ramón siempre había tendido sus valores hacia la confianza y por ello prefería confiar en sus compañeros antes que dudar de ellos. Así, no vaciló un instante a la hora de aclamar en el oído de su amigo Rody las más valiosas palabras de ánimo para convencerle de que aquel lanzamiento iba a ser un gol seguro. Tantas veces debió decirle que era el mejor, que Rody debió de creérselo a pies juntillas pues chutó el penalti hacia el lugar más imposible de detener; la misma escuadra.

De nuevo llegó su turno. Como aquella vez en la que debutó en el equipo infantil de su barrio y le detuvo ocho disparos al delantero rival. Como aquella vez en la que viajó al último país del continente para ganarse una semifinal de la Recopa y había vuelto con la memoria fija en cada una de sus paradas. De nuevo, era su turno. La gloria, aquella que le había negado la vida durante tantos años pendía ahora de un hilo en torno a sus decisiones y a su capacidad de lanzarse hacia el balón. Era hora de olvidar levante, el sur y otros tantos estadios en los que había dejado carcajadas y fallos estrepitosos. Nunca había sido un portero genial pero siempre se había negado a quedar como un cantamañanas del área.

Se situó sobre la línea y volvió a bajar los brazos como si de un ritual se tratase. Observó a su rival y se sorprendió de su complexión atlética, jugó de nuevo a adivinar y pensó que le chutaría fuerte y al centro así que debía guardar la compostura si quería ganarse el derecho a seguir soñando con la Copa de campeón. El contrario tomó carrerilla frente a él y Ramón resopló intentando ahuyentar cualquier atisbo de temor dentro de su cuerpo. Siguió observando a su rival y no se inmutó cuando le chutó. El balón salió despedido con una violencia atroz y produjo un sonido hueco cuando chocó violentamente contra el travesaño. Por fin, después de cuatro lanzamientos en contra, había aparecido la suerte. Como bien sabía Ramón, era mejor no tentarla.

Y así quedaron momentáneamente empatados a tres goles y con dos lanzamientos por delante, uno para cada equipo. Humberto Martín Gallego tomó el balón con ambas manos y lo depositó lentamente sobre el círculo de cal que señalaba el punto de lanzamiento de penalti. Ramón sabía que, como buen uruguayo, Humberto no iba a entregar la victoria al rival en un mal lanzamiento, no iba a estar dispuesto a hacerlo. Por todo ello, Humberto le pegó suave pero ajustado, lo suficientemente ajustado como para evitar que el portero rival, aún en su magnífica estirada, alcanzase a tocar el balón y salvar así el gol que había subido al marcador y que les había puesto de nuevo por delante en el camino hacia la gloria.

Si alguna vez había estado Ramón convencido de haber alcanzado su turno para casarse con la gloria, no lo podía haber estado nunca como lo estaba entonces. A escasos segundos de él estaba el lanzamiento del décimo penalti de la tanda decisiva de la final de la Copa y él iba a estar bajo los palos para intentar evitar un gol que podía ponerlos en la tela de una nueva duda. Para ganar había que parar y para parar debía de ser él el héroe que consiguiese acertar una trayectoria y detener un balón que venía vestido de gloria, éxito y fortuna.

Ramón volvió a jugar a las miradas y volvió a concentrar su ánimo en los ojos del delantero rival. Le conocía de sobra pues había jugado durante muchas temporadas en el campeonato de su país y le había lanzado más de un penalti, de los que, por cierto, no había conseguido detener ninguno. Pero no era momento para lamentaciones ni para sonrojos por fracasos anteriores, era momento para parar, ganar y celebrar.

Volvió a pisar la línea de portería y volvió a bajar los brazos, no era por tentar a la suerte en vista del lanzamiento anterior, sino que lo hizo por costumbre y acomodo. El rival era zurdo y solía chutar hacia un lado. Muchas veces lo había hecho por raso y se preguntó Ramón si iba a hacerlo de nuevo esta vez. Lo difícil era adivinar el lado hacia el que iba a lanzar el balón y para hacerlo debía templar sus nervios y saber que aguantar era una cuestión de fe y de éxito total.

En los ojos de su rival detectó miedo y aquello le produjo una crecida en la corriente de sus instintos. Siguió aguantando firme aun cuando el silbato del árbitro ponía parte de sentencia a la final. La carrera fue lenta y el golpeo fue suave, con la izquierda y hacia la izquierda de Ramón.

Ramón aguantó y aguantó y sujetó el viento sobre sus dedos, se lanzó bien y cerró los ojos soñando que paraba el balón. Por eso, cuando sintió el contacto en sus guantes no supo creer si estaba soñando o si había tocado el poste de la portería y no supo si jugar a mirar o decidirse a escuchar. Escuchó, y la algarabía que emitió la grada no dio lugar a equívocos; había un nuevo campeón. Abrió los ojos y descubrió el balón cinco metros más allá de la portería, y cuando quiso levantarse, el peso de uno de sus compañeros volvió a desplomarle contra el suelo. Todos se unieron en una piña fabricando una melé sobre el cuerpo de Ramón, portero de casualidad y, por fin, héroe de una noche de primavera.

Ramón quiso reír y se puso a llorar como un niño. Pensó en las vueltas que da la vida y en lo duro que resulta el oficio de portero; toda la vida jugándose el pan en una estirada y esperando a una tanda de penaltis para conocer si la ruleta de la vida está dispuesta a concederte la suerte y convertirte en un héroe.

martes, 29 de julio de 2014

Perder una semifinal y ganar un equipo

Cuando Nicola Rizzoli señaló el final de partido y, mientras las huestes rojiblancas celebraban su bocado de historia, Mourinho, viejo zorro de la réplica y la premeditación, se abalanzó hacia los micrófonos para reconocer, de buena ley, el triunfo del Atlético en Stamford Bridge y felicitar, de paso, su legendario pase a la final de la Copa de Europa. Pero aquel desquite en público seguía llevando el puyazo de quien sabía que, tarde o temprano, alcanzaría a saborear una venganza que tenía pensado en servir bien fría.

Aquella frase de "nos ha ganado un equipo en toda la expresión de la palabra" llevaba oculto el mensaje de quien envidiaba los recursos del rival y ansiaba por hacerlos propios. Fue una vez que roció de alcohol las heridas, cuando puso en marcha la maquinaria de rescate. Se trataba de rescatar a su equipo, pero se trataba, sobre todo, de rescatar a su ego. Un tipo con el palmarés y el reconocimiento del Mourinho, no podía permitir la insolente marca que ensuciaba su currículum tras un segundo año consecutivo sin levantar un solo título.

Un jugador por línea. Aquello es lo que ansiaba tener Mourinho para fabricar su equipo a la imagen y semejanza de aquel Atleti esculpido por Simeone y que había derribado todos los pronósticos en una templada tarde londinense. De repente, el ganador había dejado de serlo y la fe rojiblanca se había convertido en un camino de peregrinación de obligatoria réplica. Si alguien hizo aquel día un partidazo fueron Courtois, Filipe Luis y Diego Costa. Si buscan tres nuevos futbolistas en la plantilla del Chelsea, encontrarán la cara de estos tres tipos convertidos a la causa ganadora gracias al trabajo de un entrenador que les hizo creer en el milagro.

Ahora que el Atleti relame las heridas causadas por la marcha de tres de sus pilares e intenta recomponer el equipo a base de negociación indiscreta y rumor infundado, el Chelsea se va reconstruyendo como el equipo sólido en el que todos reconocieron un día la mano poderosa de José Mourinho. El mejor portero del mundo, un lateral izquierdo con alma de centrocampista y un delantero que saca petróleo en cada balón dividido. Todo el mundo sabe ya que el Chelsea perdió la semifinal de la Copa de Europa en su noche más aciaga. Pero, a cambio, se puede decir, que ha ganado un equipo para volver al mismo lugar común. Y esta vez, para dar el paso definitivo.

martes, 10 de junio de 2014

D10S

Para llegar a valorar la dimesión de un hombre es necesario hacer inventario de todos sus logros. Con los deportistas, ascendidos a héroes en una época en la que el gol es el alivio de los ciudadanos, basta con saber qué consecuciones son las que se pueden escribir con letras mayúsculas. En el caso de Maradona, el niño enclenque que pateó a gol en todos los campos de tierra de Buenos Aires, las mayúsculas se usan para rememorar todas y cada una de sus victorias. Porque aún escupiendo el césped de la derrota, todo en Maradona fue tan épico que no se le conocen derrotas más acá de la raya de cal. La vida, tan traicionera con los humanos como legendaria para los héroes, le dio todos los golpes que supo esquivar a los más férreos defensores. Cuando salía del campo se dejaba cazar por los Bérgomis de turnos, por los Scireas del área chica y por los Baresis de bar de mala muerte. Era allí donde se dejaba las miserias, donde el profeta de San Paolo se hizo carne, donde el pelusa de Villa Fiorito se convirtió en mortal.

Pero la inmortalidad vivió para siempre en su zurda. Seda mágica, guante celestial, prosa imaginativa. La zurda de Dios dibujó goles por la escuadra, centros imposibles, regates inverosímiles. Verle conducir el balón era ver a Ulises regresando a Ítaca; todo pasión, valor incontrolado, un capitán en tierra hostil esquivando el sonido de las sirenas. Un zigzag de ensueño dibujado en un cuadro vocal de Víctor Hugo Morales. Barrilete Cósmico. La pelota cosida al pie y cientos de botas impotentes tratando de cazar a la presa. Un ídolo en la revolución del sur; un mesías napolitano que declaró la guerra a los tiranos del norte. Y, como Perseo en un arrebato de furia, consiguió cortar la cabeza de la Medusa y enseñarla al mundo como trofeo. Normal que no le olviden. Normal que le idolatren.

Como idolatran su ya desgastada figura allende los mares, en la Argentina que le parió y a la Argentina a la que devolvió la gloria en un verano Mexicano. Pudo ser gloria doble de una noche romana del noventa, pero el rocoso muro alemán y un mal árbitro le privaron del lugar de privilegio en los altares del fútbol. Allí, dicen, habita Pelé, ébano brasileño que situó al Santos en el mapa y convirtió el fútbol en samba. Allí, dicen quienes le adoran, solamente habita un dios pagano a quien han de rendir pleitesía cada treinta de octubre. El Diez planea en el recuerdo y la iglesia maradoniana, vestida de celeste y blanco para la ocasión, reza su particular padrenuestro. Solamente él, en lo dimensial y en lo sobredimensional, podría ser capaz de atravesar los límites de lo cotidiano. Su fútbol era de oro. Su calidad inigualable.

Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero, tiene el don celestial de pegar muy bien al balón, es un guerrero. Versos inolvidables, ritmo pop, bailes esféricos, goles de la más bella factura. En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la humilde expresión. Enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida. La gente le sigue cantando, la trece le sigue añorando y un país con el puño apretado sigue gritando por Argentina. Le dimos gracias a Dios por el fútbol, por Maradona y por las lágrimas. Si hablamos de los mejores futbolistas de la historia debíamos empezar por él. El único. D10S.

lunes, 13 de enero de 2014

Un lugar en el mundo

Las decisiones más trascendentes son las que se toman desde el corazón. Las encrucijadas muestran la duda y en la firmeza a la hora de elegir la opción que se considera correcta, reside la valentía de un hombre. Hay veces que el futuro se ve tan lejano que la espera es el factor más recomendable a la hora de elegir, pero cuando se quieren quemar etapas a ritmo de tambor, son demasiado los jóvenes que optan por la vía más atrevida y confunden valor con temeridad. Generalmente es el tiempo el juez designado para imponer sentencias, generalmente es el triunfo o la escasez, quien determina la facilidad de opinión. El acierto y el error viven pendiente del hilo del éxito, nadie se para a recapacitar en los obstáculos del camino y son pocos los que se detienen a analizar de qué manera se ha recorrido el mundo. Basta mirar atrás y sacar la guadaña. El fracaso tiene una hoja tan afilada que es capaz de segar todas las ilusiones de un solo tajo.

Cuando Rafinha Alcántara eligió el amarillo de Brasil, la crítica se precipitó para acusarle de renegado. Le pusieron el ejemplo de su hermano Thiago y le quisieron comparar tomando la coherencia como factor de relevancia. En la decisión del chico se encontraron motivos lógicos y sentimentales. Por un lado, es posible que viese una competencia imposible de superar en el futuro de la roja. Por el otro, deberíamos tener en cuenta de que no toda persona debe sentirse español por más que el pasado se haya forjado a fuego bajo el sol de Iberia. Nadie le preguntó el por qué y muchos no quisieron preguntarse a sí mismos. No sabíamos cómo jugaba el chico y ya le habíamos lapidado porque creíamos que se nos había escapado un crack y era tan sólo una promesa.

La promesa se va convirtiendo en realidad en forma de futbolista. Existe mucha distancia con el largo plazo como para sentenciar ahora si Rafinha tomó o no la decisión correcta. Lo cierto es que el jugador comienza a encontrar su lugar en el mundo y somos muchos los que estamos descubriendo una zancada potente, una conducción elegante, una visión coherente y una llegada incisiva. No es demasiado, teniendo en cuenta que durante la última década hemos disfrutado de la flor y nata de la historia de nuestro fútbol, pero no es menos cierto que los ojos agradecen el talento y la emoción agradece la osadía. Pocos futbolistas llegan al Bernabéu con ganas de poner el mundo patas arriba, más allá de los logros, queda el reconocimiento al valor. Hoy en día, hace falta ser mucho más que un buen futbolista para ganarle al Madrid en su campo, pero con ser un buen futbolista basta para sentir en la espalda el eco del reconocimiento. Rafinha juega consigo mismo y lucha por conseguir el sueño que un día se fijó apartando sus pasos en la encrucijada del destino. Su hermano eligió el rojo y el optó por el amarillo. Su sueño termina en Maracaná, su camino empieza en Balaídos. Allí ha encontrado, al fin, un lugar en el mundo desde donde despegar.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Cuando Kostadinov silenció el Parque de los príncipes

Francia tenía un buen equipo, pero Reuven Atar, delantero discreto que no pasaría a la historia por más de una docena de goles en la liga israelí, decidió que, por un día, le tocaba hacer historia. Allí estaba la columna vertebral del Olimpique de Marsella, campeón de Europa y modelo a seguir hasta que se convirtió en un castillo de naipes despedazándose poco a poco.

A la columna marsellí se le unía un trío de ataque mágico; era como extrapolar a los Pelé, Bozsik y Völler a una nueva dimensión de talento y creatividad. Ginola, Cantona y Papin eran un seguro de vida para cualquier selección europea. Cualquiera hubiese querido tenerlos en sus filas y sin embargo, Francia seguía recelando de un equipo que llevaba mucho tiempo queriendo y demasiado más tiempo incapacitado para cumplir las expectativas.

Pero el bloque era sólido en apariencia y el mundial estaba a un solo punto. Bastaba un empate un quedaban dos partidos en casa. Dos fiestas en las que los parisinos podrían volver a llenar el Parque de los príncipes y cantar el "Allez les bleus" mientras celebraban goles memorables. Ante Israel se jugó mal, pero no era un rival demasiado inquietante como para temer por el empate. Pero Reuven Atar se reivindicó por un día y dejó a Francia sin palabras con un gol en el minuto noventa y tres.

Las caras, con ojos vidriosos ante el vano esfuerzo, mostraban más perplejidad que espanto. Aún quedaba otra oportunidad y era imposible que el destino deparase un nuevo accidente. Bulgaria era un buen equipo, sí, pero Francia era un conjunto serio plagado de campeones y tipos curtidos en mil batallas. La cita tenía lugar y fecha; Parque de los príncipes, diecisete de noviembre de 1993. No más lugar a concesiones absurdas.

Los franceses, tan dispuestos siempre a la exaltación, llenaron el Parque de los príncipes, se sentaron frente al televisor y encendieron los transistores para tornar en festivo el día que les devolviese a la gloria. Allí estaba el bloque firme, rocoso, del campeón marsellés, más los magos Ginola, Cantona y Papin. La victoria búlgara se paga en oro, el gol de Cantona pone la clasificación cuesta abajo. Pero aquel gol de Atar había convertido a Francia en un equipo huraño; el público desconfiaba, los futbolistas dudaban, el entrenador intentaba amarrar, sin éxito, un resultado que se complicó en la recta final del primer tiempo cuando Kostadinov cabeceaba el gol del empate.

A partir de ahí, todo fueron dudas, mal juego, incertidumbre y perpetrarse atrás para aguantar el empate. Un punto y a Estados Unidos; nadie se acordaría de Israel, ni del sufrimiento, ni del juego rácano. Pero el fútbol es tan sabio en materia de justicia que una de sus premisas acuerda que quien juega a empatar termina perdiendo.

En el minuto ochenta y nueve Ginolá corrió un balón largo contra Aleksandrov. Pudo haber esperado en la esquina, caracolear, forzar un córner y dejar que el tiempo pasase entre toquecitos y faltas. Pero esperó el cuerpeo y el defensor el derribó con el brazo. Lo que ocurrió a partir de entonces entra dentro de la historia más absurda del fútbol francés. Con el punto de la clasificación asegurado, ningún jugador galo acude al área a rematar el saque de falta. Ginolá, aún así, cuelga el balón a zona de nadie y la pelota se pasea sin destino hasta que Ivanov la caza cerca de la línea lateral. El abrir y cerrar de ojos se gestó en cuatro toques, los que transcurrieron desde Ivanov hasta Kostadinov pasando por Borimirov y el maravilloso pase de Lubo Penev. Emil Kostadinov ganó la espalda, entró en el área y chutó muy fuerte, por alto. Cuando el balón recorrió, de arriba a abajo, toda la red de la portería de Lama, el Parque de los príncipes ya guardaba un silencio sepulcral.

Cuando faltaba exactamente un segundo para que el reloj indicase el minuto noventa del partido, Bulgaria certificó su pasaje a las américas con un gol que aún pervive en el ideario del fútbol europeo. Lo que ocurrió desde entonces es bien sabido por todos; Bulgaria, que un segundo antes estaba de vuelta a casa, hizo el mejor mundial de su vida alcanzando las semifinales. Stoichkov se catapultó en figura y fue premiado con el balón de oro, Letchkov, Borimirov, Balakov y Kostadinov ganaron fama y notoriedad y tuvieron acceso diricto para firmar el contrato de su vida. Y todo cambió en un minuto, el que transcurrió desde que Ginolá esperó un golpe innecesario hasta que Kostadinov dibujó un misil extraordinario. El fútbol, tan cruel como la vida, escribe derecho en renglones torcidos. Hay países que viven llorando en espera de su momento. Cuando llega, la magia impide evitar que el instante se convierta en mitología inolvidable.


lunes, 1 de julio de 2013

A la sombra del ciprés

La opinión pública, por exceso de recelo e ignorancia, suele ser un enemigo peligroso. Más peligroso que cualquier defensa porque la lupa suele apuntar a quien no goza del beneficio de la duda y el dedo acusador suele señalar a quien ha sido identificado como blanco perfecto. Las promesas, las elucubraciones y los avisos, son la coartada perfecta de quien siente se siente ganador en terreno propio. Muchos afilan sus plumas, pero aún no han sacado el papel por si acaso tuvieran que romper el folio y lanzarlo a la papelera. La hoguera de las vanidades es tan feroz que amenaza con quemar cualquier vestigio de fantasía sin ni siquiera haber dejado al fantasista mostrar su repertorio.

De Brasil dicen que los defensas son lentos, de Brasil dicen que el juego no tiene ritmo, de Brasil dicen que el fútbol no es competitivo, de Brasil dicen que las estrellas son antiguas glorias venidas a menos, y resulta que de Brasil han salido los mejores jugadores de la historia. De Neymar dicen que no le dan patadas, de Neymar dicen que juega para la galería, de Neymar dicen que no ha ganado nada, de Neymar dicen que es un tuerto en un reino de ciegos. Pero los que hemos visto a Neymar sabemos que tiene los tobillos perforados, que sus regates llevan veneno, que a devuelto al Santos al siglo XX y que se ha ganado el derecho a portar su corona.

Pero todo eso tampoco cuenta. Lo que cuenta es que Neymar se peina con una cresta, que tiene el pelo teñido, que se fotografía enseñando la lengua y que monta un show en cada entrevista televisada. Importa lo banal, lo farandulero, lo extrafutbolístico.

Los que conocemos qué jugador ha fichado el Barça sabemos que viene un futbolista de cintura ágil, listo en el área, que no se escabulle en el choque y que participa en el juego más a menudo de lo que la gente piensa. Desde la posición de falso extremo izquierdo, donde mejor ha rendido en el Santos, le puede aportar al Barça oxígeno y gol. Ayudará a Jordi Alba a sorprender tras una buena diagonal, desahogará a Iniesta de sus labores de hombre orquesta y, sobre todo, será un alivio para Messi a la hora de encontrar soluciones.

Y es aquí donde reside la principal duda. Del Neymar futbolista solamente dudan los que ignoran y los que recelan. Del Neymar estrella mundial podemos dudar los que hemos comprobado la estela del Barça durante el último lustro. En un equipo donde la pelota vuela a ras de césped y los espacios aparecen por convicción, brilla, por encima del resto, la luz de la estrella de Lio Messi. Etoó, que fue amo y señor de los últimos metros del Camp Nou, se convirtió en dueño de su propio ego a la sombra de Messi. Ibrahimovic, que fue y sigue siendo, arma de destrucción masiva en el área rival, se convirtió en cohete de feria a la sombra de Messi. Villa, que fue rey del gol en Mestalla, se convirtió en príncipe de las tinieblas a la sombra de Messi. Alexis, que era una centella en Udine, se ha convertido en humo a la sombra de Messi. La luz del todopoderoso es tan extensa que deja con las vergüenzas al aire a todo el que no esté a su nivel.

Y Neymar tampoco está al nivel de Messi. No es un desprecio, ni una minusvaloración, ni una forma de acallar a los estrepitosos de lo bárbaro, es tan sólo una manera de decir que es muy difícil estar al nivel del mejor jugador del mundo. Tan sólo Cristiano, con su hambre feroz y su poderoso físico, es capaz de aguantar el pulso de quien nació con la etiqueta de quinto grande cosida en la solapa. En este juego de comparaciones, Neymar es un aspirante a muy buen jugador que debe aceptar el rol de caballero en un reino que ya tiene monarca.

Y en el reparto de roles y la asunción de los mismos, ha de residir el cáliz que convierta a Neymar en futura estrella del fútbol mundial. Solamente quien asume ser apóstol consigue dotar de luz al auténtico Mesías. Anoche, mientras un equipo de amarillo recuperaba su gloria y nos desarbolaba desde la primera línea de presión, los dudosos, los autómatas de palabra fácil y los soñadores del verso, descubrieron a un jugador sideral que amenaza con romper cinturas a la velocidad del trueno. Los que dudan se agarran al clavo que hizo quemarse a otros antes que él. La sombra del ciprés, en el Barça, sigue siendo muy alargada.

martes, 30 de abril de 2013

El superclásico

El día 24 de agosto de 1913, Boca Juniors y River Plate jugaron su primer partido de categoría oficial. Antes ya se habían visto las caras en amistosos locales y pachangas de barrio que se habían iniciado con un reto y habían terminado con una sonrisa y una lágrima. Aquel día de agosto, ambos equipos ya se odiaban y aquel partido, como tantos otros, terminó como el rosario de la aurora. Pero fue el inicio de una leyenda, el Superclásico del fútbol argentino, que nos conduce hasta hoy con gotas de pasión, aroma de certidumbre y muchas leyendas a cara vista.

El partido, generalmente, más que para conducirse hacia un éxito, ha servido tradicionalmente como el motivo más directo para salvar una temporada. Fastidiar al rival es el objetivo; ganarle, burlarle, hacerle llorar. Ahí reside el germen del odio. Puede basta un gol de Iarley después de marear a la defensa sirve para echar a un entrenador rival, pues adiós Pellegrini y sonrisa de pelícano, o si cuatro goles de García Cambón sirven para establecer un récord, pues se enseña la manita y hasta luego cocodrilo.

Aunque River también se ha dado gustazos en campo rival. En el cincuenta y cinco, por ejemplo, River llegaba como campeón y estuvo todo el partido perdiendo, pero anotó dos goles al final y rebozó el éxito en plena cancha. Años más tarde, un River también campeón, humilló a domicilio a Boca con un cero a tres el día que el chileno rojas ideó la vaselina que le inmortalizó. River, además, ganó el superclásico que registró más goles; fue en octubre de 1972 y ganó por cuatro goles a cinco en cancha de Boca.

La rivalidad de dos enemigos enconados nació con el siglo XX. Los primero duelos en era amateur ya dejaron las primeras heridas de guerra. Durante años, debido al cisma que dividió y detuvo el fútbol argentino en 1919, estuvieron sin verse las caras, pero cuando regresaron, la espera, el reto y la promesa había cultivado un caldo demasiado áspero. En 1931, quizá el superclásico que marcó un antes y un después, el partido no llegó a la media hora de juego. Los árbitros, a menudo, se negaban a acudir a cualquiera de las dos canchas cuando a ambos les tocaba enfrentarse. Muchas veces les ofrecían algún extra que en ocasiones rechazaban a cambio de mantener su integridad física.

Los números nueve han tenido mucha influencia en el devenir de esta rivalidad; tipos de sangre caliente, rematadores impíos y asesinos de área chica que culminaban obras de posteridad. Nueve mítico de River fue Ramón Díaz, quien, besando la bandasangre anotó cien goles y alcanzó cien conquistas. Nueve mítico que viajó a Francia para inscribir su nombre en el libro de historia, fue Carlos Bianchi, quien conquistó Reims y engrandeció Liniers. Pero si hubo un nueve que pintó el clásico de color ese fue Martín Palermo. Apodado "el loco" por la masa, dejó goles, pateos y gritos al aire. Jugó una década, fue, vino, marchó y regresó. No fue el más estilista, pero fue un elitista del gol. Mientra el permaneció, River fue triturando talentos a los que iba vendiendo a precio de oro. Crespo, Salas, Higuain, Falcao. Mitos del área que ganaron fama, fortuna y reconocimiento. Todos fueron más que "el loco" en el viejo continente, pero en la Argentina, cuando se ponía la camiseta de Boca, Palermo dejaba goles, ganaba clásicos y acallaba a la tribuna de Núñez. Un personaje "el loco". Uno más de esta loca historia.

Un nueve que cruzó la calle fue Norberto Menéndez. El Beto hizo goles en River pero nunca tuvo un sitio fijo. Llegó a Boca tras triunfar en Huracán y muchos le señalaron como el traidor que cambió la camiseta y cuyo estigma persiguió a muchos más después que a él. Pero el Beto tenía una bala en la recámara. En la penúltima fecha del torneo del sesenta y cinco, los dos equipos llegaron empatados a cuarenta y cinco puntos. Boca era local y se adelantó. Empató River y las tablas se fueron certificando hasta el final del partido. Entonces apareció Menéndez, pateó con fuerza y la tribuna se cayó de felicidad. Boca y el Beto campeonaron al partido siguiente.

Son vicisitudes de dos equipos que se han autoproclamado como los dos más grandes de la Argentina. Sus fines no pasan por ganar, pasan por celebrar la derrota del rival. Boca ha hecho sangre con burla en más de una ocasión. Recordada fue aquella vez del año ochenta y dos en la que los auriazules erraron dos penales y, aún así, terminaron ganando por cinco a uno ante un rival arrodillado. Reacciones como las del ya mitificado Tano Pasman, reflejan de fiel manera el dolor que puede sentir un hincha ante la humillación.

River se fue a la B y se acabó el mundo. Los hinchas boquenses lo celebraron como si de un título se tratase, pero con el transcurrir de la temporada se dieron cuenta de que estaban huérfanos de emoción. Pasaban las fechas del calendario y no llegaba el Superclásico. No había lugar para el pique, el reto, el ya veremos y ya ganaremos de nuevo. No había nada. El Tano Pasman lloraba, el mundo futbolístico entró en convulsión, los aficionados parieron mil artículos, la historia no sirvió de nada y los errores se pusieron encima de la mesa. Quizá aprendamos para la próxima ocasión, dijeron algunos. La historia puede repetirse, advirtieron otros.

River tenía ya mucha historia. No hacía tanto que se había presentado en cancha de Boca para ganar cero a uno y remontar la desventaja en la tabla. Fue en 2004 y salió campeón de nuevo. Como en tantas otras ocasiones. Como lo había hecho en la Libertadores de 1986 y 1996. Aunque la Libertadores es más de Boca que de River, campeón en seis ocasiones por las dos de su enemigo. Por más que la primera vez que se cruzaron en la competición, fue River quien celebró la victoria después de un sufrido dos a uno en el Monumental.

Reinaldo Merlo, el mítico mostaza que hoy imparte cursos de carisma en los banquillos de Argentina, es el futbolista que más superclásicos ha disputado. Sangre caliente y cabeza fría. Un mito el mostaza al que aún adoran en la grada de River. Pero si de mitos adoramos hablamos a la hora de referirnos a River, ninguno como el Príncipe Enzo Francéscoli. El tipo, carismático y silencioso, gustaba de aparecer por sorpresa, descargar de primeras y resolver en el área. Un nueve y medio que jugaba de diez y anotaba sin compasión. Un jugador de primera que resolvió su mito en una despedida inolvidable mientras el grito de "uruguayo" retumbaba en el Monumental.

Si la camiseta de River es de trazo rojo sobre blanco, la de Boca es mucho más colorista. Franja amarilla sobre fondo azul. Si alguien no conoce el origen de tales colores, lo explicaré en unas pocas líneas. En principio, los colores de Boca fueron el azul y el blanco en franjas verticales. Véase el Espanyol de Barcelona. Como quiera que un equipo del barrio de Boedo utilizaba los mismos colores, solicitó un partido amistoso con el acuerdo de quien lo ganase se quedase con los colores. Y lo ganó el Boedo. Y a Boca le tocó elegir un nuevo color para su camiseta. En el afán de no resultar repetitivos y no tener que volver a compartir colores con ningún otro equipo de la ciudad, dos de los trabajadores del club, empleados del astillero, vieron pasar un barco sueco y se fijaron en su bandera. Una cruz amarilla sobre fondo azul. Ahí estaba la solución. Boca es sueco en su vestir, pero demasiado latino en su carácter. Un carácter pasional, arrollador, de tipo cejijunto que busca el final de la linde con la punta de la azada. Un equipo de barrio que se agrandó hasta convertirse en la mitad más uno de un país.

River, por su parte, siempre presumió de tener otro estilo. Más estilista, más fino, más angustioso en las medios pero más eficaz en los fines. La disparidad de estilos, la distinta forma de ver y sentir el fútbol se ha trasladado a ambas canteras; uno saca a tipos de raza que enganchan a la grada a grito de corazón palpitante, el otro saca a tipos que buscan un pase con la mirada e inventan una asistencia con la percepción. Uno es Rattin, Suñe, Riquelme y Tévez, el otro es Di Stéfano, Sívori, Ortega y Aimar. Niños criados para hacer historia, hombres que fueron gloria y mitos que permanecen en la memoria.

El estilo provoca el debate, el debate lleva a la discusión y la discusión es el camino hacia el odio. Polos opuestos, sonrisas y lágrimas, maneras de vivir. Una repercusión tal que incluso la embajada estadounidense en Argentina se atrevió a lanzar un vídeo a través de Youtube al que tituló "Fiebre de Superclásico" y cuyo contenido era la rivalidad más pasional del fútbol vista por los funcionarios del cuerpo diplomático. Huelga decir que el vídeo fue un éxito y que aún hoy cuenta con cientos de visitas diarias en la red social. Pero no todo es anécdota y sonrisa. El odio visceral ha conducido a la desesperación, a la muerte y a la venganza más destructiva. Tras el superclásico de 1994 en el que River ganó por cero goles a dos en cancha de Boca, miembros de la Barra Brava boquense dispararon a bocajarro a los bandasangre Walter Vallejo y Ángel Delgado. Mientras volvía a enfundar la pistola, el autor de la masacre solamente argumentó tres palabras: "Empate a dos".

El lado oscuro del fútbol vive de tipos sin cabeza y sin corazón. A ellos no les gusta el fútbol. Ellos no supieron despedir a Maradona aquella tarde de octubre de 1997 en la que dijo adiós al fútbol sin haberlo anunciado antes. Aquel uno a dos pudo haber sido un resultado más si no hubiese sido porque la remontada se produjo con Diego en el vestuario y Riquelme tomando el testigo y los corazones de todo el barrio de La Boca. Tras el partido, y ante los micrófonos, Maradona nunca dijo adiós, hasta siempre, un placer haberos hecho llorar de alegría. Se acercó a la prensa para recordar que a River se le había caído el bombacho y que quizá, otro día, le volvieran a ver en una cancha. Pero no fue así. El Superclásico tiene también este tipo de anécdotas. Suyo fue el honor de contar en su palmarés con el último partido como profesional del mejor jugador de todos los tiempos.

Maradona jugó un Superclásico inolvidable. Fue en 1981 y Boca ganó tres a cero. Fue el primer gran partido que se le recuerda al Diego, por más que con la camiseta de Argentinos Juniors ya dejase retratos de inmortalidad. Aún quedan muchos aficionados que cierran los ojos y ven a Fillol sentado en el suelo y observando como Maradona colocaba la pelota junto al palo derecho. Pero en el recuento riverplatense también hay un clásico que adoran quienes añoran tiempos mejores. Fue aquel que se jugó con la pelota naranja y en el que el Beto Alonso vacunó a Gatti en dos ocasiones para conducir a sus compañeros a una vuelta olímpica inolvidable en plena cancha de Boca. Un delirio. Como el que se vivió en 2006 cuando un imberbe Higuain anotó dos goles e impidió que Boca celebrase su tercer campeonato consecutivo. River no ganó nada aquel año, pero ya se sabe, fastidiar, tan importante como campeonar.

Boca ha pasado por menos angustias en los últimos años, aunque últimamente tiene las barbas en remojo tras ver como afeitaban las de su vecino. Se le recuerda una racha que abarcó de 2005 a 2008, después de que Riquelme y Tévez emigrasen y las Libertadores quedasen en el baúl de los recuerdos. Tres años estuvo sin ganar a River hasta que Battaglia regaló un mes de mayo feliz. Momentos de implosión en los que la Barra Brava crece y aglutina su poder entre golpes de estado internos. Ellos son el mal, innecesarios para el fútbol, necesarios para satisfacer su propio ego y comandar la nave hacia la deriva. No se sabe cuando se iniciaron las organizaciones, pero se sabe que el germen se plantó muchos años atrás. La era profesional del fútbol regaló gloria y dinero a los futbolistas, las pasiones se desbordaron y la felicidad comenzó a medirse en títulos ganados. Cada título del enemigo era una patada en la entrepierna. Nacieron los radicales y el fútbol se fue muriendo porque a ellos les importaba más el negocio que la pelota.

Hubo un día en el que sólo hubo fútbol. A los de Boca, casi todos de procedencia italiana, comenzaron a llamarles xeneizes porque así conocían a todos los emigrantes que, desde génova, arribaban al Mar de Plata. Igual que todos los españoles eran gallegos, todos los italianos eran genovenses. Xeneizes para los oriundos. Casi una palabra dicha con desprecio. Pero también eran genoveses aquellos que habían fundado River Plate. Ambos fueron vecinos durante algunos años. El patrono de Génova es San Jorge, en cuyo escudo luce una cruz roja sobre fondo blanco. La banda roja sobre fondo blanco identificaría, pues, a River como símbolo para la posteridad.

Como para la posteridad quedó aquel cinco a uno en el Monumental en la que ha significado, hasta hoy, la mayor goleada conseguida por River Plate en un clásico. Han pasado más de setenta años y no se ha repetido el hito aunque sí se ha magnificado el mito. Tal es la trascendencia del duelo que incluso en España se ha llegado a retransmitir el directo tanto en radio como en televisión. La gente vive por el fútbol, en el mundo se respira fútbol. Sin ellos faltaría un pedazo de fútbol.

Maradona es mito y Maradona contrató a sus socios para jugar en el patio de colegio de La Boca. Caniggia, alma gemela fuera del campo y socio fundador de una sociedad ilimitada, también vistió la auriazul, también marcó su triplete en un clásico y también lanzó su particular sentencia: "Ellos ven la camiseta de Boca y algo les pasa". La guerra psicológica siempre por delante de la física.

La guerra psicológica también tiene forma de gol. En el clásico disputado en abril de 2007, Ledesma anotó a los cuarenta y cinco segundos el que, hasta la fecha, se ha convertido en el gol más rápido en la historia de los superclásicos. River empató, pero los hachazos siempre duelen. Tanto como el que recibió aquel día de 1963 en el que Boca asaltó en el Monumental el día que River esperaba para ser campeón y tuvo que ver como el título volaba al barrio de Avellaneda. Pero el Monumental es mucho Monumental. Allí vive el alma de cien mil tipos que aún rememoran una lluvia de papeles el día que Kempes les hizo campeones del mundo. Allí vive la selección Argentina los partidos a cara o cruz, los duelos con la vida escapando de la muerte. Allí vive River y allí, también, remonta River ante la incredulidad de sus enemigos. Como remontó en marzo del noventa y siete después de Boca le bailara en el primer tiempo. Cero a tres y un penal errado. Y varias ocasiones al limbo. El vestuario fue una conjura. River regresó y marcó, empujó y marcó, creyó y marcó. Y en la última jugada la pelota se escapó por un centímetro y a punto estuvo de certificarse el milagro.

Como milagro se recuerda aquel clásico de 1972 jugado en cancha de Vélez. River ganaba dos a cero y reía. Boca se puso dos a cuatro y carcajeaba. River anotó el cinco a dos en el último minuto y la emoción se desbordó hacia cielo de Liniers. River devolvía la manita trece años más tarde, aunque aquella había sido más dolorosa; Boca había goleado por cinco a uno en una noche memorable de fútbol xeneize.

A Boca le gusta la chanza. Aún son muchos los que recuerdan el día que Rojitas le robó a Carrizo su inseparable gorra en mitad de un partido o aquella impresionante racha de trece superclásicos sin perder en el corazón de los noventa. Pero River también gusta de encontrar el punto débil. Tras un cero a cero anodino en el noventa y cinco, los micrófonos asaltaron a Ramón Díaz. Su primera frase le evitó la crítica y le condujo a la polémica. "¿Cómo anduvo Diego? Me parece que no estuvo. A lo mejor no vino". De un plumazo desvió la atención y focalizó el desastre en la figura del número diez. Y es que Maradona es Dios en Argentina y símbolo inmortal en Boca. A los boquenses les gusta presumir de Diego y los riverplatenses presumen del que consideran como mejor equipo de la historia del fútbol. Dicen los que saben que nadie jugó al fútbol como lo hicieron Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Les apodaron "La Máquina" y su fútbol aún perdura en la memoria del tiempo.

El tiempo es juez y parte. El fútbol es como la vida. Los recuerdos perduran y el presente marca la esperanza. Boca y River se han enfrentado en un total de trescientas cuarenta y dos veces. De ellas, Boca Juniors ganó ciento veintiséis y River Plate lo hizo en ciento nueve ocasiones. Ciento siete veces son las que empataron. Se han marcado muchos goles, aunque ninguno tan recordado como aquel de Suñé en 1976. Fue la única vez que se enfrentaron en una final y el centrojás de Boca Juniors pateó un tiro libre que encontró a Fillol descolocado y puso a su equipo por delante en el marcador. Fue un gol de final y un gol de campeonato. Irrepetible hasta la fecha. Aunque River se vengó un año más tarde cuando asaltó a Boca jugando como visitante con un gol de Pedro González en el último minuto, lo que le permitió proclamarse campeón en la fecha siguiente.

Han sido muchos títulos los que han levantado. Boca tiene sesenta en su historial, mientras que River cuenta con cincuenta y tres. La diferencia, según los de Boca, se debe al orgullo, al que ellos apelan con bastante asiduidad y el que, según se mofan, les falta a su máximo rival. De hecho, les llaman gallinas desde que perdieron una final ganada contra Peñarol de Montevideo en el sesenta y dos. Dicen que se arrugan en las difíciles, aunque históricamente, River ha jugado muy bien al fútbol. Boca puede ser pasión. River puede ser estilo. Es la manera de extrapolar la sensación al otro lado del charco. Algo parecido ocurre en España con Real Madrid y Barcelona. El viejo cuento del fino estilista contra el duro fajador. El mítico cartel que sobrevive en la memoria de los muros del viejo Madison Square Garden.

Quizá, con los años, la gente ha llegado a olvidar que ambos nacieron juntos. Los dos se gestaron en el barrio de La Boca; inmigración, tango y ese extraño deporte que inventaron los ingleses. River nació en 1901 y Boca lo hizo en 1905. No tardaron en encontrarse y su primer enfrentamiento data de 1908. Boca ganó dos a uno e inició una rivalidad de tintes mediáticos sin comparación.

La primera vuelta olímpica en campo rival que se recuerda la dio River en 1942. Perdía dos a cero y empató a dos para celebrar el título ante la estupefacción de la grada. Aunque ambos han tenido su momento de gloria personal. En Boca aún se recuerda el gol de Guerra con la nuca que enloqueció a Maradona. Era el descuento y el gol tumbó a un equipo que había ganado la Libertadores y se sentía el rey del mundo.

Ambos tuvieron muchas ocasiones para sentirse reyes del mundo. La primera vez que Boca experimentó aquella sensación fue en la víspera de la nochebuena de 1928. Era la época amateur pero la rivalidad ya estaba enconada. Los auriazules ganaron por seis goles a cero y no se recuerda una Navidad más triste que aquella en las bancadas de River.

La expectación suele ser máxima y la conjura momentánea. No hace falta motivación, no hace falta decir nada más porque con la sola cita del partido, la tensión aumenta y la adrenalina sube como un cohete que busca el cielo. El diario británico "The Observer" declaró el partido como uno de los cincuenta mejores espectáculos deportivos que pueden verse en el mundo. Y el abanico deportivo mundial es alto. Muy alto. Altas suelen ser las expectativas y quien sabe cumplirlas suele convertirse en personaje para la posteridad. De personajes está trufado el clásico y de personajes bebe la historia de dos clubes centenarios. River tiene su redentor particular en la figura de Ángel Labruna. Nadie anotó tantos goles en un superclásico, nadie hizo más con menos esfuerzo. Labruna era el menos estilista de la afamada Máquina, pero era un goleador preciso, un vividor de área chica que vacunaba porteros con la facilidad de quien camina en bata por el salón de su casa.

Si de porteros hablamos, ninguna rivalidad tan enconada como la que vivieron Fillol y Gatti en los finales setenta y primeros ochenta. Pato y Loco, aplomo y nervio, cabeza y corazón. Fillol fue campeón del mundo mientras la bancada boquense pedía la titularidad de Gatti y Gatti daba la de cal y la de arena mientras fanfarroneaba fuera del área jugando a tirarle un cañito al delantero rival. Personajes de leyenda de una rivalidad mitificada. Gatti fue de Boca después de haber sido de River. El éxito duele más cuando la puerta ha quedado abierta y algún genio se ha escapado por la rendija huyendo hacia el otro lado de la calle. Pero Gatti no fue el único que vistió las dos camisetas. A lo largo de la historia, muchos ilustres como Amato, Balbo, Batistuta, Berti, Cáceres, Caniggia, Gamboa o Gareca, se vieron en la misma vicisitud y triunfaron en una acera después de haber mamado el germen de la contraria.

Desde aquel primer partido en cancha de Racing, han llovido goles, gritos y gotas de agua y sudor. El símbolo amedrentador de Boca es el Estadio Alberto J. Armando, rebautizado como "La Bombonera" debido a que el arquitecto diseñador del mismo, solía llevar cajas de bombones a las reuniones de obra que se realizaban durante su construcción. Debido a que el mismo se reedificó sobre el estadio anterior con estructura de madera, muchos de los antiguos cimientos hubieron de conservarse por lo que, en cada partido del siglo, el movimiento de la muchedumbre aporta la sensación de que las tribunas vibran. Es por ello aquel dicho popular de que "La Bombonera no tiembla, late". Late el corazón de La Boca cada vez que muere por su equipo. Un sentimiento que va más allá de lo racional y que implica locura en cada victoria y llanto desconsolado en cada derrota. Y emoción incontrolada en cada despedida. Como aquel día de mayo de 2011 en el que los viejos cimientos supuraron lágrimas al ver como el Loco Martín Palermo le decía adiós al fútbol y a su gente después de haber vacunado a River por enésima vez.

En las postrimerías de aquellos primeros duelos, los seguidores de River se citaban en la Confitería "Las Camelias" y los de Boca en el "Café París". Allí soñaban despiertos, tomaban su aperitivo, se reunían con un pañuelo en la mano y acudían en grupo a disfrutar del partido. Hoy, los partidos son de alta seguridad y no existen cafeterías comunes ni lugares de encuentro. La policía suele separar a los duelistas y la seguridad es máxima. Se han llegado a jugar partidos sin afición visitante y se han llegado a contabilizar muertos en el estertor de cada duelo. La rivalidad se parió enconada pero el odio se radicalizó después de que River rompiese el mercado y comprase los derechos de Carlos Peucelle por diez mil pesos. Aquel traspaso, unido al cambio de situación al acomodado barrio de Núñez, les valió el apodo de "Millonarios" que los hinchas de  Boca proclamaban de forma despectiva y que el tiempo ha convertido en una seña de identidad. Los "Millonarios" de River han tenido ocasiones de sobra para restregar su poder a la hinchada de Boca. Ninguna como aquel partido de marzo de 1980 en el que ganaron por dos goles a cinco en "La Bombonera" y establecieron la que, hasta hoy, es su mayor goleada a domicilio en un superclásico.

Tal es la pasión desatada ante un resultado de tamaño calibre, que el prestigioso "World Soccer Magazine" definió el acontecimiento como un espectáculo insuperable en pasión e intensidad. Pasión e intensidad como las que desbordó aquel gol de Suñé en el setenta y seis que tumbó a River en la final del Nacional, aquel gol de Menéndez en el sesenta y cinco que deshizo el empate en la penúltima fecha o aquel penalti detenido por Roma en el sesenta y dos que desembocó en la frase inmortal de Carlos Nai Foino, árbitro del encuentro, "Penal bien pateado, es gol". No fue gol, pero la frase se ha convertido, hoy, en una coletilla arraigada en el fútbol argentino.

Pasión e intensidad que ya se había desatado en el primer enfrentamiento en la era oficial en el que Varallo remató a puerta el rechace de un penal tras sujetar del cuello al portero Iribarren y el referí dio por bueno el gol. River abandonó el campo indignado y creció un odio exacerbado que se había germinado como insostenible. Y es que de penaltis también ha vivido el clásico. Después de aquel primer enfrentamiento de futbolistas ya profesionales, se tiraron cien penales y reventaron cien corazones. Pero el veintidós de noviembre de 1987 River le ganó a Boca por tres goles a dos después de haber comenzado fallando un penal y perdiendo por cero a dos. Definida la remontada, la última jugada terminó con un penalti a favor de Boca. El colegiado decretó que lanzada la pena máxima se consideraría terminado el partido. Pateó Jorge Comas y lo lanzó por encima del arco. De locos. Remontadas ha habido muchas y expedientes inmaculados muy pocos. El último data de 1994 cuando, en la penúltima fecha del año, River humilló a Boca por cero goles a tres en su propio estadio y se proclamó campeón invicto. A todos le gusta un apunte brillante en su expediente.

Al principio, ambos equipos compartieron el barrio de La Boca, pero fue River el que dio el portazo y se marchó a Núñez. La hinchada de Boca le acusó de desarraigo y la hinchada de River presumió de arraigo, de nuevo estadio y de nueva situación social. Eran Millonarios en logros, en pasiones y en corazones. River ha vuelto a La Boca dos veces por año hasta que, en 2011 se marchó a la B y dejó huérfano al mundo de un encuentro sin igual. Aunque sí que volvieron a verse. No podía haber encuentro oficial pero, por ello, el enfrentamiento se pagó a precio de oro y se concertaron dos amistosos que, para hacer más profunda la herida, ganó Boca con cierta solvencia. No hacía demasiado que se habían enfrentado por cotas más altas y no hacía mucho que River había mantenido el pulso con la cabeza alta escribiendo, incluso, una racha de cinco años sin perder contra Boca en el Monumental. Todo se fue al traste con aquel maldito descenso a la serie B. Aún siguen pegando sus pecados y el equipo vaga en la mitad de la tabla, con toda la grandeza de su historia sobre su espalda y con todo el miedo del pasado más reciente sobre su corazón.

Corazón, el de El Monumental, que se paró el veintitrés de junio de 1968. Aquel día, tras un triste empate a cero, la hinchada de Boca, tras haberlas tenido tiesas con los de River en la tribuna, se disponía a salir al exterior pero encontró una trampa mortal en la puerta número doce del estadio. La policía, que ya repartia estopa a los primeros radicales que habían salido para seguir dando guerra, había cerrado la puerta y la avalancha se conglomeró en un pasillo cerrado, sin encontrar una luz al final del tunel. Se desató el pánico, la multitud se avalanzó en una huida imposible y unos empezaron a pisar a los otros. La puerta número doce seguía sin abrirse y la gente comenzaba a morir de asfixia. Fueron setenta y una las personas que murieron, muchos de ellos menores de edad. Ninguno encontró justicia porque todos eximieron responsabilidades. La única justicia, la deportiva, llegño un año más tarde, cuando en un inolvidable homenaje a los caídos, Boca asaltó Núñez y se proclamó campeón en campo rival dando una inolvidable vuelta olímpica.

La tragedia y el drama siempre unidas, la épica aliñando un duelo singular, el recuerdo siempre presente, los goles como puñales, los errores como heridas abiertas, los insultos como seña permanente y la desnaturalización como símbolo de la violencia. Detrás de todo hay fútbol. En la Boca, en Núñez, en Argentina, en el mundo. El Superclásico lo abarca todo. Hay otros tres grandes, otros clásicos de pasión y una ciudad, Bueno Aires, que late al ritmo de sus ídolos. El mundo se levanta y los sueños vuelven a resurgir. Quizá algún se interponga la paz por encima de la guerra y no haya más heridos, más muertos, más deseos de venganza. El balón nunca parará, las gradas seguirán latiendo y los colores se seguirán entremezclando. Un lugar para compartir, un momento para soñar, un partido para recordar. Más que fútbol, más que un sueño, más allá de la vida. Es el superclásico del fútbol argentino. El superclásico del fútbol mundial.

lunes, 8 de abril de 2013

Profesionalidad y sentimiento

No es fácil dar el paso definitvo. Cuando las expectativas son máximas, la responsabilidad ahoga, los sueños precipitan y las decepciones aprisionan el alma. El dedo acusador suele ser cruel y los titulares se esfuman con la misma facilidad con la que aparecen. Miren a ese tipo que se marcha por la puerta de atrás, hace dos días era un fabuloso proyecto de futbolista y hoy no es más que un fracaso más.

El Atleti devora niños como un león lo hacía con los gladiadores. Apenas habían saltado al coso y el pulgar acosador del resultado ya les estaba indicando que aquel no era su lugar. Casi todos tuvieron que buscarse la vida fuera y fueron muy pocos los que regresaron. Las segundas oportunidades, como los coches escoba, solamente pasan una vez. Subirse al asiento de atrás es obligatorio. Tomar las riendas del destino es el paso de los valientes.

Gabi no es el tipo más espectacular del mundo. Ya no es aquel excelso director de juego que despuntaba en el equipo juvenil hace una década, pero ha aprendido que el éxito es más factible cuando se miran los problemas a la cara. Durante un par de temporadas, después de aquella prometedora cesión en el Getafe, Gabi fue señalado con el dedo cada vez que el equipo perdía el timón y naufragaba en los puestos medios de la tabla. Mediocridad absoluta a la que nadie ponía remedio. Y el chaval, herido de muerte y asfixiado por el miedo, tuvo que huir para encontrar oxígeno y hacer carrera.

El Gabi que ha vuelto es otro. Sigue sin ser patrón, pero sí ha sabido hacerse con el puesto de contramaestre. Empuja, insiste, corre, quita y, sobre todo, no se complica. Ya no busca el pase imposible porque ha aprendido que en el fútbol, lo más sencillo, es lo más importante. Ya no sufre de ansiedad porque ha aprendido que al fútbol, talento aparte, se juega con la cabeza y se gana con el corazón. Profesionalidad y sentimiento. Una ecuación sencilla al servicio del Atleti. Simeone es el líder y Gabi es su voz en el campo.